Somos fuego

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Me encanta cuando te cubres de silencio y yo corro hacía a ti para perturbar la paz que te rodea. Cuando me haces creer que la felicidad es aquello que ocurre cuando te brillan los ojos y cualquier excusa vale para echarse a reír.

Quizá te ame porque no desesperas por hacerte entender. Porque ante ti todo se presta tan simple que casi da miedo. Porque te veo reflejado allá donde mire. Entre las sonrisas que sortean un mal día, entre los abrazos que se afanan por detenerse en un instante. Entre las miradas que miran sin mirar, solo porque les da vergüenza ser descubiertas. Y en los gemidos de pleno éxtasis cuando bajo las sábanas no puede haber mejor combinación que tú y yo.

No sé desde que momento empecemos a ser parte del otro. A respirar el mismo aire sin ahogarnos. A ser dos mentes dispersas dispuestas a conectarse en el momento oportuno. A entregar nuestro corazón sin miedo a que un día no podamos devolverlo. Que si escribo es porque la inspiración se esconde entre los suspiros que me dedicas cuando me miras. Y ya no hace falta más, ya eres una extensión de mí que se prolonga hasta lo más profundo de mi ser.

Me encanta que des por hecho que te quiero. Que por fin llegamos a esa fase de la relación en que la confianza no hace falta buscarla porque viene sola. Que somos tan íntimos que llegamos a anticiparnos a los deseos del otro. Que somos tal fuego que arde que a veces las chispas se cambian de lado y nos ofuscamos con los defectos del otro. Y más tarde cuando la tormenta amaina tenemos la certeza de haber sido suficiente sinceros para no volver a equivocarnos.

El tiempo ya no es un enemigo que acecha para llevarse los momentos que hicieron de nosotros lo que somos. Es solo aire que nos empuja, mientras avanzamos cogidos de la mano por el camino que decidimos compartir.

Esa es la paz que tanto anhelaba. Saber que nadie podrá arrebatarnos lo que construimos, los cimientos son demasiado profundos para poder derribarlos.

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