El pasado

Más tarde o más temprano nos volvemos obsesos del pasado, nos enrolamos en su nostálgica melodía, como procurando dar sentido a una vida desprovista de emociones. Preguntamos sin esperar que nos responda, solo por el placer de hacer de esas preguntas la herencia que nos dejó el tiempo, muchas veces plagado de deudas. Somos incapaces de ignorar la insistencia con la que las vivencias reclaman su lugar, el sutil bailoteo de recuerdos que alborotan una tediosa existencia.

Miramos con amargura el presente, el lugar que ocupamos y del que aún no sabemos con certeza si lo elegimos o nos vino de la mano del conformismo. Inventamos la manera de resarcirnos de nuestros fracasos y nos encomendamos a la suerte, como si de ella dependieran nuestros sueños. Y hay cierto regocijo en el descontento provocado por todas las metas que se nos quedaron a medias, un rencor latente por la persona que fuimos y no cumplió nuestras expectativas, una intención que no se ha diluido y que nos empuja a intentarlo de nuevo.

Somos obsesos del pasado que buscan reconciliarse con la ilusión que nos abandonó demasiado pronto.

Al punto de partida

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Otra vez yo.
Tú abres el buzón sin ninguna emoción aparente. Supongo que ya es una costumbre. Ya forma parte de lo cotidiano y dejó de importarte.
No me preguntes porque te escribo. Es el corazón quién mueve las palabras. Quién las empuja hacia afuera para que no arañen mis adentros. Quizá tenga la vana esperanza de deshacerme de ellas si las entrego a quién pertenecen.
No. Siempre vuelven. Temo que algún día ocupen demasiado espacio. Que solo sean pasado y no haya sitio para el futuro. Que tenga que reciclar recuerdos para seguir viviendo.
Aún te recuerdo. Mientras tú olvidas, yo invento la manera de recuperarte. Quizá si lo intentas…
Será volver atrás, al punto de partida.
A curar las heridas abiertas, a soplar en ellas para que no escuezan tanto.
Soy experta en coleccionar momentos irrepetibles, en reanimar las ganas cuando ya están muertas.
Mira, primero para ese reloj. Que su «tic-tac» incesante no maldiga el final de nuestros encuentros.
Que el tiempo sea un simple acompañante, no un cómplice de nuestros miedos.
Luego vuelve. Aunque no sepas cómo. Vuelve.
Aunque tengas que inventar el camino y recorrerlo más despacio otra vez.
Yo te esperaré aquí, deshojando margaritas. Como aquella niña a la que un día le robaste el alma.
Que el tren solo pasa una vez, pero si pasa dos es porque no lleguemos a nuestro destino.

El tiempo

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El tiempo es dueño de cada momento que nos acontece. Cuando disfrutamos de un instante irrepetible, él se encarga de hacerlo avanzar a toda velocidad, sin piedad, dejándonos esa sensación de melancolía una vez ha finalizado. Por el contrario, en la espera disminuye el ritmo de las manillas del reloj, como si éstas se hicieran cómplices de nuestra impaciencia.

Todo en esta vida es esperar. Esperamos conscientes de que el tiempo se encargará de dejar las cosas en su lugar, dándole las riendas de nuestra vida a algo tan abstracto como la suerte, sí es que existe o es otra artimaña para darnos un poco de sosiego. Cuántas veces nos habremos lamentado por no saber elegir el camino correcto, y habremos deseado en nuestro oscuro silencio poder chantajear al destino para que nos brindara la posibilidad de conocer nuestra meta final. Entonces sería más fácil, podríamos reprimir esa continua sensación de vértigo, mirar al miedo y reírnos en su cara. El sabor amargo de la derrota no nos provocaría indigestión, porque ya estaríamos prevenidos.

Pero la realidad es otra bien distinta. Esperamos en fila, como mansos terneros, a ver qué carta nos da el azar. Y sí el mundo gira, se despierta y se acuesta tal como está convenido, nosotros no podemos hacer nada por impedirlo. Solo nos queda seguir por el mismo sendero, aguardando un atajo, un salvoconducto que nos ayude al menos a ponerle una sonrisa al camino.