Relato: Algún día

Nayra observaba la noche oscura a través de la ventana mientras se peinaba el cabello. Oyó chirriar la puerta de sus aposentos, reconoció los pasos decididos que se acercaban a ella y los dedos hábiles que le rozaron el pelo con aquella ternura contenida. Dejó el peine con brusquedad y se levantó de la silla para mirarlo. Allen tenía una expresión indescifrable. Se acercó a ella y acarició un mechón de su cabello con delicadeza mientras salvaba los escasos centímetros que los separaba. Detrás de esa dureza bien disimulada seguía viendo un destello de ternura, unos ojos azules que la llamaban para que se acercara. Nayra puso la mano en su pecho en un acto reflejo pero allí se quedó agarrando con fuerza su jubón de seda, sintiendo su piel caliente debajo de ella. Sus pensamientos se nublaron. Como si Allen supiera lo que estaba ocurriendo cogió su mano y besó cada uno de sus dedos. Ella siguió mirándole, atenta al próximo movimiento. No dijo nada.

—Algún día serás mía…

Aquella promesa revolvió sus entrañas. Entreabrió los labios para dejar ir un jadeo. Allen sonrió y sin preverlo—ni querer evitarlo—se abalanzó sobre ella para besarla. Fue un beso urgente y violento pero ella no rechistó, tampoco cuando volvió a repetirlo estrechándola entre sus brazos.

—Algún día serás mía—volvió a repetir—pero hasta entonces deberías comportarte. Esto no es propio de una doncella de tu clase.

Y dejó ir una sonrisa burlona. Nayra le fulminó con la mirada y salió al balcón antes de que volviera a hechizarla. El cielo negro se le echó encima y el frío glacial golpeó sus huesos. Pero había prendido fuego a su contacto y aún notaba la calidez en su piel. Había dicho que algún día le pertenecería. Volvió a jadear. Ahora entendía que era eso precisamente lo que deseaba.

La vuelta

Y volvió creyendo que el pasado le recordaría, que las personas con las que compartió todo, esperarían intactas en el tiempo. Con el mismo rostro mortecino y decepcionado que el día que lo vieron partir.

Cuando se marchó pareció romperse el mundo, cachitos inverosímiles como la vida que había llevado hasta ese preciso momento. No pensó—ni creyó posible tampoco—que podrían volver a juntarse una vez suplida su ausencia. Lo más cruel de la vida era darse cuenta que uno no era imprescindible para nadie, en aquella rueda inagotable que giraba sin descanso, atropellándonos, arrastrándonos aunque no estuviéramos preparados.

No habría alma alguna que se parara a pensar quien era ese que transitaba las calles desiertas en busca de recuerdos que ya no estaban. Como tampoco se tomarían la molestia de mirar hacia atrás para ver al niño que jugaba con ellos en las tardes de sol. Simplemente mirarían su reloj, maldiciendo al tiempo por girar tan deprisa, volverían a esclavizarse a él con sus quehaceres y desearían la noche en silencio para soñar despiertos aquello que no podían.

Salvo ella. Ella en su lucha constante con la pena y la inquietud. Ella estática entre las paredes de aquella casa, anclada al pretérito desasosiego, a aquel viejo conocido que era el miedo, por no saber qué sucedería una vez la distancia pusiera fin a su labor de madre. Ella sería la única que le abriría la puerta, que velaría sus noches y soñaría ansiosa su vuelta. Y con lágrimas en los ojos lo abrazaría feliz—olvidando al instante el sufrimiento— y le diría «por fin vuelves a casa hijo, por fin.»