Nueva vida

Hay notas discordantes en el aire, una sigilosa espera que rompe la armonía de una tarde cualquiera.

Hay una emoción distinta que la sobrepasa, la tensión casi palpable que provoca la posibilidad de una vida nueva.

Un resquicio de indecisión aparece en un descuido, recordando la rutina apacible llevada hasta ahora. Y le tiemblan las manos de inquietud y por un momento su fortaleza se pierde y se siente una extraña, busca deshacerse de su caprichosa agonía, solo desea sentirse orgullosa de su hazaña.

El tren que se divisa a lo lejos anuncia su llegada. Coge aire y hace acopio de las ilusiones que se malograron con el tiempo y de la dulce inocencia de una niña que soñó con escapar de un futuro impuesto. Ya está, se dice, ya vencí al miedo y se deshace por fin de sus temores absurdos. Y ya no lucha contra ella, ya le pertenece el mundo.

El pasado

Más tarde o más temprano nos volvemos obsesos del pasado, nos enrolamos en su nostálgica melodía, como procurando dar sentido a una vida desprovista de emociones. Preguntamos sin esperar que nos responda, solo por el placer de hacer de esas preguntas la herencia que nos dejó el tiempo, muchas veces plagado de deudas. Somos incapaces de ignorar la insistencia con la que las vivencias reclaman su lugar, el sutil bailoteo de recuerdos que alborotan una tediosa existencia.

Miramos con amargura el presente, el lugar que ocupamos y del que aún no sabemos con certeza si lo elegimos o nos vino de la mano del conformismo. Inventamos la manera de resarcirnos de nuestros fracasos y nos encomendamos a la suerte, como si de ella dependieran nuestros sueños. Y hay cierto regocijo en el descontento provocado por todas las metas que se nos quedaron a medias, un rencor latente por la persona que fuimos y no cumplió nuestras expectativas, una intención que no se ha diluido y que nos empuja a intentarlo de nuevo.

Somos obsesos del pasado que buscan reconciliarse con la ilusión que nos abandonó demasiado pronto.

Valiente

Empiezo a preferir la pérdida, a vivir anclada en el camino. A ser un cuerpo deambulante, al que no le importa no sentirse en casa. Será que el hogar lo construyen las emociones que llevo a cuestas, que no hay más seguridad que saber quién soy y sentirme a gusto. Nada más valioso como el recuerdo de todo aquello que me dolió y que me hizo fuerte. Nada más importante que mantener el vuelo sin temer estrellarme. A nadar contracorriente, a escapar de la jaula y atreverme a ser valiente.

No cambiaremos

No vamos a cambiar,

Siempre buscaremos las mismas cosas en diferentes lugares, como si nos resistiéramos a compartir el camino. Y nos reiremos de nosotros mismos intentando entendernos.

Tú seguirás pintando de colores lo que un día se me volvió negro y así hasta ahogarnos en sentimientos que no confesaremos jamás.

¿Para qué íbamos a cambiar ahora, que ya aprendimos a amarnos?

A la niña que fui

Hoy me senté con la niña que fui, hablemos de como el tiempo cambia a las personas hasta volverlas irreconocibles. Del estúpido miedo a que todo acabe antes de empezar. De dejar las cosas sin terminar y buscar retos fáciles por el temor a fracasar.

Perdonó mis desplantes al pasado, todas las veces que miré hacia otro lado, mientras me convertía en algo que no quería ser.

Si mis heridas me ayudaron a crecer y de ellas nace lo que escribo, ¿por qué las iba a esconder?

La niña me miraba con ojos tristes y le conté que todos tenemos miedo y que lo que nos hace fuertes es creer, que tardé en aprenderlo pero ahora sé que el truco está en confiar en nosotros mismos y querernos bien.

Lo que mis versos no te escribieron

 

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Se llamaba María. Nicolás tuvo ocasión de recordarla tiempo después, recostado en el tronco de un pino, con sus notas en el regazo y una sonrisa nostálgica, de esas que hablan del pasado casi olvidado y de pronto aparecen en forma de recuerdo y nos escuecen en el alma.

Llegó con las primeras luces del alba, en un carruaje medio destartalado y sucio, y se la vio cubierta con ropas negras, un aire de tristeza y un misterio que inundó al pueblo de preguntas sin responder. No es que la chiquilla fuera un enigma o su situación algo extraño, es que en esas tierras nunca sucedía nada pero cuando sucedía suscitaba tal revuelo que el asunto se convertía en una novedad, y ser parte de ella constituía un sinfín de conjeturas. Después cupiera analizar el porqué de tanto afán de inventar. Quizá la vida, simple y llana, no era más que el reflejo de esas invenciones que proporcionaban el aliciente perfecto para la diversión.

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La mente soñadora

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Parecía hecha de retales. De recuerdos consumidos, de últimos suspiros, de alientos forzados que hinchaban su pecho. Parecía dueña de las sombras que un día picaron a su puerta para quedarse. Allí estaba esperando impaciente, a que la muerte se la llevara, observando cada recoveco de la estancia por si aparecía de la nada. No era en esos momentos cuando la admiraba, la fuerza que la había caracterizado la abandonaba cada vez más a diario y su voz era triste y melancólica, una canción desafinada, un agónico y constante adiós. Pero él volvía—si más no, para que se sintiera arropada—y cuando la lucidez retornaba para encontrarla disfrutaba del pasado, a sabiendas que no era suyo pero que resultaba del todo interesante. Esas historias de amores inventados, de guerras que nunca sucedieron, de familias enfrentadas, del tesoro que jamás revelaría su escondite. Había sido una mente que nunca se cansó de imaginar, y ese carácter tan versátil que su querida abuela había engendrado le sirvió de argumento para muchos de sus libros. Siempre pensó que eran el complemento del otro, puesto que ella no sabía escribir, y él sacaba maravillas de sus curiosas invenciones. Cierta ocasión le había preguntado el porqué a aquel afán de huir de la realidad. «En la época que me tocó crecer a veces era más placentero soñar que vivir», fue su respuesta. Desde entonces envidió la fortaleza y la sonrisa que iluminaban su rostro todos los días. Y la curiosa satisfacción que obtenía de sus cavilaciones, la búsqueda insaciable de una realidad paralela que se ajustara más a los parámetros de lo que para ella era la felicidad. Era un libro en movimiento que nunca se deterioró con el peso de la vejez.

Y solo al final de su camino se permitió derramar una lágrima, mientras le hacía prometer que seguiría soñando por ella, que seguiría siendo libre a pesar de todo.