Sentimientos

Un sentimiento fluye lentamente, cambia, se modifica, deviene en un letargo inevitable, deja de existir. Puede que reviva algún día, como renacido de repente, sin razón aparente que lo sostenga. No está en tu cabeza, corre libre, tropieza, se enquista en el alma, resta inamovible como esa mancha que no pudiste quitar. Y tiene la condición de algo irrevocable, que sucedió y no llegó a marcharse del todo.

Los sentimientos, aquellos incomprendidos a los que resulta imposible aplicar el sentido común.

El pasado

Más tarde o más temprano nos volvemos obsesos del pasado, nos enrolamos en su nostálgica melodía, como procurando dar sentido a una vida desprovista de emociones. Preguntamos sin esperar que nos responda, solo por el placer de hacer de esas preguntas la herencia que nos dejó el tiempo, muchas veces plagado de deudas. Somos incapaces de ignorar la insistencia con la que las vivencias reclaman su lugar, el sutil bailoteo de recuerdos que alborotan una tediosa existencia.

Miramos con amargura el presente, el lugar que ocupamos y del que aún no sabemos con certeza si lo elegimos o nos vino de la mano del conformismo. Inventamos la manera de resarcirnos de nuestros fracasos y nos encomendamos a la suerte, como si de ella dependieran nuestros sueños. Y hay cierto regocijo en el descontento provocado por todas las metas que se nos quedaron a medias, un rencor latente por la persona que fuimos y no cumplió nuestras expectativas, una intención que no se ha diluido y que nos empuja a intentarlo de nuevo.

Somos obsesos del pasado que buscan reconciliarse con la ilusión que nos abandonó demasiado pronto.

Que vengas despacio…

Que vengas despacio y me sonrías como quién no entiende de dolor. Como quién no espera más de la vida que caminar juntos en una misma dirección.

Que ya comprendimos que la libertad es nuestra, aunque ahora seamos dos. No hay vidas contrapuestas si se abandona el miedo y se habla de amor. Ni esperas inciertas, ni dudas que nos obligan a decir no.

Y sin embargo, aún me sorprende que me mires con la misma devoción, que recuerdes los inicios torpes, la misma calle desgastada por el tiempo y aquella canción. Que sigas besándome en la frente en los días que no me siento yo y no te averguences nunca de pedir perdón, porque tus errores siempre te hicieron fuerte, como quién aprovecha la herida para volverse a amar de valor.

Qué vengas despacio y…en tu boca salve las distancias que creó mi indecisión.

Ella, la de antes.

No, ya no era la de antes, ya no se comía el mundo con ilusión ingenua, ni se abrazaba a la incertidumbre con la misma prepotencia.

Ya no acumulaba golpes y cicatrices como símbolos de valentía, como señal inequívoca de que vivía la vida.

Ahora detenía el vuelo para no sumar más caídas, presumía de ser precavida. Dejaba que la acomplejara el miedo, y se le desgastaran las ganas, soñaba en vez de realizar, huía de lo que la definía y la hacía especial.

La veía apagar su fuego, con la excusa del paso del tiempo, de no haber aprovechado el que fue su momento.

Yo la veía apagarse sin remedio, en un mundo de prisas y revuelos, aceptando sin rechistar las normas y los prejuicios de los que se declaraban cuerdos.

Supe a partir de entonces que la locura sería su mejor consuelo.

Ella

Se enamoró de sus rarezas, de su empeño de ir contra corriente. Odiaba seguir a la gente, era ella con sus convicciones pero también con sus miedos. Era ella en un mundo de prejuicios, de miradas irreverentes, de “yo más que tú”, jodiendo al prójimo.

Ella multiplicada por mil cuando caía entre sus brazos preparada para estallar.

Agitada, rebelde, perfecta a los ojos de quién sabía apreciarle su gracia.

Era ella sin más y ahí residía su magia.

Canciones viejas

Siente el lastre de una vida ya pasada. Canciones viejas que suenan con la misma melodía de ayer- la voz viva y alegre le llega ahora entrecortada-, y aún así sigue encendiéndose la llama. El tiempo ha distorsionado la letra, no las emociones.

Reconoce la juventud que se le escapa y la nostalgia la ata a aquel amor que se resiste a morir en sus recuerdos.

Hay imágenes que de tanto reproducirlas se entremezclan con su imaginación, y sin embargo es incapaz de soltarlas para dejar hueco a lo nuevo. El presente ha dejado de importarle. Está en ese fatídico momento en el que parece que la vida ya no le puede dar nada mejor a lo ya vivido.

Vuelve él, enterrado bajo capas de resignación, como aquel verano que vio nacer su historia.

Contigo

Compartir ese momento en el que bostezas y aún eres parte de tus sueños. Y tu cara refleja las incoherencias de tus deseos.

Enredado entre las sábanas me sabes a felicidad instantánea, a la sinceridad duradera, a nuestras flaquezas, a ese algo que se nos sigue ensanchando en el pecho.

Comprendimos por fin, que el amor no es estático en el tiempo, son sentimientos que se amoldan al devenir de los años.

Que cada día me ayudas a batir las alas, aunque no entiendas que busco tan lejos y me repitas que bajo tu conformismo también te sientes completo.

Y los dos, ahora, tenemos la seguridad de que querernos bien y sentirnos libres siempre hemos sabido hacerlo.

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El timón que maneja nuestras vidas

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Fue todo una tontería, lo sé. No sé porque me comporté como si se acabara el mundo, como si el único interesado en toda esa historia fuera yo. Fue…un desfase emocional, de esos que llegan en forma de terremoto y arrasan con todo. Y Carla—enfurecida tal como ella sabe hacerlo—me miró preguntándome sin preguntar, de donde coño sacaba esa mala leche. Los seres humanos somos así, actuamos y luego no sabemos explicar porqué actuamos como lo hacemos, no somos capaces de dar respuesta a lo único que aún no hemos podido descifrar, los sentimientos.

Todo fue un Lunes por la mañana, cuando encontré la bolsa misteriosa, un vestido nuevo que no tenía ni idea de que se había comprado y aquella nota de amor conmovedora. Podría haber supuesto que era para mí, que Carla solo tenía ojos para el amor de su vida, y ese no era otro que yo mismo, pero los celos interfirieron en todo el sentido común que me pudiera quedar. En fin, que abandoné el camino de la confianza y un mensaje en su móvil de un número desconocido diciendo: “todo listo para esta noche”, me lo puso mucho más fácil.

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El precio del poder

No esperaba menos de ella. Se sentó en una de las sillas que rodeaban la mesa, se cruzó de piernas y le dio una fuerte calada a su cigarrillo. Odiaba verla fumar y soltar el humo con aquella mirada de superioridad clavada en los ojos. Detestaba la cantidad de veces que la veía acabar y sacar otro de la cajetilla color blanco con la palabra muerte grabada en el frontal, ¿acaso esa palabra no le provocaba suficiente rechazo? Pero era una mujer dura que no se amedrantaba fácilmente. En eso y en todo lo que le concernía o que sabía que podría perjudicarlo. La terrible ceguera lo había abandonado y ahora la conocía realmente. Su abogado puso los papeles en la mesa y les indicó que los leyeran. Todo. Ese era el precio del final del romance que había empezado hacía cinco años. Lo perdería todo, aunque sabía que luchando solo sería la mitad, pero para él los sentimientos siempre habían prevalecido por encima del dinero, así que podía decir que su vida había acabado el mismo día en que decidió decirle adiós.

Recordaba aquella noche de verano, con el puerto iluminado y los destellos de la Luna reflejados en el mar en calma, la brisa marina, el olor a salitre y sus tacones repiqueteando en el muelle de madera. Los mechones de su pelo rubio iban y venían libremente y cuando la miró a los ojos y su sonrisa le invitó a acercarse, supo que solo la necesitaba a ella para ser feliz. La rapidez de los sucesos dejó estupefactos a sus más allegados, pero si el amor irrumpe todo lo demás no importa. Una casa nueva, muebles de última moda, un coche de última gama para que pudiera moverse a su antojo, fiestas sin fin, reuniones sociales con las altas esferas…Ahora que hacía balance del tiempo pasado lo comprendía. El dinero y el poder era lo que la mantenían a su lado.

    —Tranquilo, no va a conseguirlo—le dijo su abogado cuando salieron de la reunión.
    —¿Cuánto puede durar esto?
    —Bueno Roberto, ya lo sabes…depende de si podemos negociar o si es necesario ir a juicio. Tómatelo con calma.

Le dio una palmadita en la espalda y se alejó con paso rápido. Mientras lo veía cruzar la carretera y subir en su Mercedes se preguntó cuándo sería el día que el aura de superficialidad que envolvía su mundo dejaría de hacerle la vida imposible.