Confianza ciega

kVEPcWcfSA2tgOpRz9Za__DSC0765No me importa nadar contra corriente si sé que al otro lado hay algo. Aunque después el mundo se me eche encima, quién manda es el corazón.  Aunque después de cincuenta mil batallas, los cobardes se hayan esfumado y me quede sola. Es en esos momentos cuando desaparecen las máscaras y los escudos y veo el alma de quien tengo al lado. Es entonces cuando después de haberte dicho que te vayas, sin ganas de que te fueras, solo por cabezonería… tú sigues aquí. Hay caminos que se recorren en solitario, pero saber que permaneces cerca para recogerme es alentador.

Es alentador verte todos los días y descubrir que no te fuiste. Que a pesar de poder elegir preferiste mantenerte en este lugar. A pesar de los días monótonos, de que los años hayan desgastado el ingenio para nuevas bromas y nos riamos de las mismas cosas sin la misma gracia. Lo realmente bonito, es que nos sabe igual.
Y seguimos andando en la misma dirección pero lo hacemos juntos. Y esa ínfima diferencia hace de toda nuestra vida algo especial. Supongo que el secreto para saber si es la persona adecuada es mirar hacia atrás e intentar imaginarte sin ella. A mí me resulta del todo imposible.

Y ahora que todo va a cambiar, que quizá sea demasiado, que en cada nuevo día los retos intenten hacer de nosotros nuevas personas…tengo la certeza de que ninguno de los dos huirá. Aunque sea más fácil ceder y rendirse, el peso de la lealtad será motivo suficiente.

No me importa que nuestro amor haya cambiado con los años mientras permanezca intacto. Aprendí que la emoción de los primeros momentos solo dura lo estrictamente necesario para lograr que nos enamoremos, que después ese sentimiento madura y crece para transformarse en algo más grande y más complicado. Algo que todos nos empeñamos a llamar amor y es del todo inclasificable. Un sentimiento sin nombre que de nuevo me pide confianza ciega.

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Somos fuego

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Me encanta cuando te cubres de silencio y yo corro hacía a ti para perturbar la paz que te rodea. Cuando me haces creer que la felicidad es aquello que ocurre cuando te brillan los ojos y cualquier excusa vale para echarse a reír.

Quizá te ame porque no desesperas por hacerte entender. Porque ante ti todo se presta tan simple que casi da miedo. Porque te veo reflejado allá donde mire. Entre las sonrisas que sortean un mal día, entre los abrazos que se afanan por detenerse en un instante. Entre las miradas que miran sin mirar, solo porque les da vergüenza ser descubiertas. Y en los gemidos de pleno éxtasis cuando bajo las sábanas no puede haber mejor combinación que tú y yo.

No sé desde que momento empecemos a ser parte del otro. A respirar el mismo aire sin ahogarnos. A ser dos mentes dispersas dispuestas a conectarse en el momento oportuno. A entregar nuestro corazón sin miedo a que un día no podamos devolverlo. Que si escribo es porque la inspiración se esconde entre los suspiros que me dedicas cuando me miras. Y ya no hace falta más, ya eres una extensión de mí que se prolonga hasta lo más profundo de mi ser.

Me encanta que des por hecho que te quiero. Que por fin llegamos a esa fase de la relación en que la confianza no hace falta buscarla porque viene sola. Que somos tan íntimos que llegamos a anticiparnos a los deseos del otro. Que somos tal fuego que arde que a veces las chispas se cambian de lado y nos ofuscamos con los defectos del otro. Y más tarde cuando la tormenta amaina tenemos la certeza de haber sido suficiente sinceros para no volver a equivocarnos.

El tiempo ya no es un enemigo que acecha para llevarse los momentos que hicieron de nosotros lo que somos. Es solo aire que nos empuja, mientras avanzamos cogidos de la mano por el camino que decidimos compartir.

Esa es la paz que tanto anhelaba. Saber que nadie podrá arrebatarnos lo que construimos, los cimientos son demasiado profundos para poder derribarlos.