Ya no

Espérame, me dijiste, como si el amor pudiera ponerse en pausa. Como si no fuéramos más que dos personajes discordantes de una novela inacabada, sin ánimos de sujetarnos las ganas. Después dirás que no te fuiste, que el tiempo no cambió nada, que tú no quisiste hacerlo, que dolió de igual manera, que entre tantos recuerdos comprendiste que me necesitabas cerca. Que los años no hicieron cicatrices, ni abrieron un abismo ni nos declaremos la guerra. Que para mí empezaste a ser una pérdida. Y ahí es cuando preferí un final a seguir siendo tu marioneta.

¿Para qué tanto huir de la locura?

¿Que tiene la locura que genera tanto pavor? La diferencia que reluce entre tanto igual y se le señala para que lo devore la crítica. Hoy ya nadie quiere salirse de los parámetros de la normalidad, se asientan en sus principios vacuos y se construyen un sitio donde habitar, sin riesgos.

Pero la seguridad también entraña peligro, corre uno el riesgo de quedarse como esperando a que la vida transcurra con cierta calma, sin sobresaltos que nos obliguen a salir de ese confortable lugar. Y ahí se traga con menos resistencia la utopia de la felicidad. La estabilidad como síntoma inequívoco de una vida plena, la acaparadora rutina, el rendirse al materialismo, el futuro inminente del que solo se pretende atesorar más de lo que ya se tiene. Y así avanzamos, con sueños poco realizables a las espaldas y con la ansiedad de un tiempo que se nos escapa.

¿Para qué tanto huir de la locura?

Si en esos trazos de nuestro día a día carentes de guión encontramos más regocijo.

Si la felicidad es un estado intermitente, el vestigio de aquellos momentos deliciosos que no se repetirán jamás. Y el saberse entendedor de esta premisa, nos libera de la absurda presión de la búsqueda, del anhelo de otras vidas mejores a la nuestra. Ahí precisamente es donde podemos reírnos de los convencionalismos y sacudirnos las dudas.

Por favor, un poco de locura.

A la niña que fui

Hoy me senté con la niña que fui, hablemos de como el tiempo cambia a las personas hasta volverlas irreconocibles. Del estúpido miedo a que todo acabe antes de empezar. De dejar las cosas sin terminar y buscar retos fáciles por el temor a fracasar.

Perdonó mis desplantes al pasado, todas las veces que miré hacia otro lado, mientras me convertía en algo que no quería ser.

Si mis heridas me ayudaron a crecer y de ellas nace lo que escribo, ¿por qué las iba a esconder?

La niña me miraba con ojos tristes y le conté que todos tenemos miedo y que lo que nos hace fuertes es creer, que tardé en aprenderlo pero ahora sé que el truco está en confiar en nosotros mismos y querernos bien.

Grita

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No hay sensación más placentera que aquella que te permite deshacerte del dolor. Aunque solo sea unos instantes. Hay momentos en los que te sientes al borde del precipicio. Momentos en los que desearías cerrar los ojos y desaparecer. Gritar con fuerza que la vida pesa demasiado a veces, que quieres seguir andando pero las suelas de tus zapatos también se desgastan. Que tus sueños parecen convertirse en papel mojado, que el destino se confabula para quebrantar tus esperanzas.

Di no. Grita. Aunque te parezca absurdo. Aunque tu voz se rompa o se ahogue en medio de la nada. Grita para desgarrar la soledad que te aflige. Si con eso vas a sentirte diferente. Más tú, sin ataduras. Agota tus fuerzas rebelándote contra un mundo que se empeña a ser injusto.

No olvides tus miedos, van a seguir estando ahí. Y cuando menos los necesites saldrán para recordarte que eres débil.  Míralos a la cara y escupe tu rabia, ellos lo merecen. Y solo cuando los comprendas aprenderás a convivir con ellos.

Grita con fuerza lo que piensas, lo que sientes. Que no te callen los que temen a la sinceridad porque sus verdades no se sostienen. Los que huyen del silencio para no escuchar su propia voz.

Grita cuando pierdas la partida. Y apuesta con más ganas la próxima vez. La vida es como un maldito casino: unos juegan y pierden, otros hacen trampas y acaban fuera, los hay que se emborrachan intentando tragarse las penas y solo los valientes arriesgan a doble o nada.

Pero grita también por las cosas buenas, que las alegrías compartidas saben mejor. Y aunque las compartas, éstas no restan, multiplican.

Grita para hacernos saber que sigues ahí. Que solo se siente pequeño el que quiere. Porque la grandeza consiste en sentirse a gusto consigo mismo. A caerse bien aunque a veces no nos entendamos.

Y piensa que un día mirarás atrás y te darás cuenta que lo que te hizo llorar acabó dándole un sentido a tu vida.

Me gusta ser diferente

No entiendo a la humanidad. No puedo creer que ciertos sentimientos existan en personas que aparentan justo lo contrario. Y que consigan vestirse de esa falsedad mal disimulada que te hace sentir como un verdadero idiota cuando al final descubres sus intenciones.

No le encuentro la gracia al disfrute por el sufrimiento ajeno. Ni como hay personajes capaces de regodearse en el dolor, o peor que eso, hacerlo más agudo para convertirlo en un juego macabro.

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