Búscame

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Búscame, por si queda algún resquicio de lo que fui en el pasado. Lejos y en el olvido quedaron aquellos restos, que ahora se escurren en mi memoria para morir acompañados del tiempo. El tiempo se encargó de moldearme a su antojo. El tiempo rompió las manecillas de mi reloj y se detuvo después de que perdiera el tren que me llevaba de vuelta.

Búscame y veras que no existo. Que borré todo lo que me recordaba a ti, y contigo se fue una parte de mi misma. Que hasta los segundos que se detenían para dejar que nos besáramos se preguntan cómo pudo desaparecer nuestra historia. Y es que hay amores que calan, pero no lo suficiente para dejar una herida.

Y a pesar de ello, si me buscas, no podrás encontrarme. Tu presencia efímera me llevo por caminos recónditos. Me enseñaste a digerir con rapidez la amargura que dejan los finales tristes. Me enseñaste que los príncipes azules solo viven en los cuentos y que el amor de verdad no entiende de requerimientos. Ni de altos, rubios o morenos. Que a veces hasta te enamoras de la “rana” y lo darías todo por ella.

Búscame, y te darás cuenta que nunca estuvo bien remover el pasado. Que lo que ocurrió no puede tocarse aunque nos dejara una huella de arrepentimiento. Que no hay nada que se marche sin que nadie lo llore. Y poco importa ahora quien sufriera más de los dos.
Aunque si no quieres no me busques más. Si nuestros ojos se encontraran quizá nos daríamos cuenta que jamás pudo funcionar. Quizá la envidia de nuestras nuevas vidas se sume al rencor de lo que no pudo ser. Y es que el tiempo desgastó la imagen impoluta que tenía de los dos.
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Viejas amistades

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Los amigos de la adolescencia son como una puerta a todo lo que guardaste cuando te convertiste en adulto. Y estar en su compañía entraña acordarte de que esa época estaba marcada por la locura. Una locura sana, de esas que lo único que buscan es huir de la responsabilidad.
Por eso los años pasan tan rápido, porque disfrutas e ignoras el sufrimiento. Solo cuando empiezas a picotear lo que es el amor te das cuenta de que todo es más jodido de lo que parece. Pero los primeros intentos—y las primeras caídas en picado—también nos hacen crecer.
Me acuerdo como si fuera ayer de lo mucho que reíamos. Como si la vida en sí fuera un propio chiste. Cualquier excusa nos valía para hacer de la situación algo cómico. Y aquel diario que utilizábamos para desahogarnos y explicar todas aquellas cosas que solo se pueden decir escribiendo. Porque cuando suenan a viva voz parecen demasiado reales. Parece que pueden hacer demasiado daño. La tinta y el papel siempre fueron buenas herramientas para amortiguar el dolor.

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Cenizas

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Cenizas.
Ahí van los restos de un pasado que se consumió.
Ruinas que se sostienen ante una débil sonrisa.
Resurgen entre ellas lágrimas confusas.
¿No pertenecía al olvido aquello que me condenó?
Ahora huye arañando las certezas que me sostienen.
Mira mis recuerdos, estáticos en el tiempo.
Convertidos en cenizas.
Las lanzo al aire pero el viento siempre las devuelve.
¿Y no son mis palabras un triste reflejo de lo que, aun estando muerto, me persiguió?

La vuelta

Y volvió creyendo que el pasado le recordaría, que las personas con las que compartió todo, esperarían intactas en el tiempo. Con el mismo rostro mortecino y decepcionado que el día que lo vieron partir.

Cuando se marchó pareció romperse el mundo, cachitos inverosímiles como la vida que había llevado hasta ese preciso momento. No pensó—ni creyó posible tampoco—que podrían volver a juntarse una vez suplida su ausencia. Lo más cruel de la vida era darse cuenta que uno no era imprescindible para nadie, en aquella rueda inagotable que giraba sin descanso, atropellándonos, arrastrándonos aunque no estuviéramos preparados.

No habría alma alguna que se parara a pensar quien era ese que transitaba las calles desiertas en busca de recuerdos que ya no estaban. Como tampoco se tomarían la molestia de mirar hacia atrás para ver al niño que jugaba con ellos en las tardes de sol. Simplemente mirarían su reloj, maldiciendo al tiempo por girar tan deprisa, volverían a esclavizarse a él con sus quehaceres y desearían la noche en silencio para soñar despiertos aquello que no podían.

Salvo ella. Ella en su lucha constante con la pena y la inquietud. Ella estática entre las paredes de aquella casa, anclada al pretérito desasosiego, a aquel viejo conocido que era el miedo, por no saber qué sucedería una vez la distancia pusiera fin a su labor de madre. Ella sería la única que le abriría la puerta, que velaría sus noches y soñaría ansiosa su vuelta. Y con lágrimas en los ojos lo abrazaría feliz—olvidando al instante el sufrimiento— y le diría «por fin vuelves a casa hijo, por fin.»