A la niña que fui

Hoy me senté con la niña que fui, hablemos de como el tiempo cambia a las personas hasta volverlas irreconocibles. Del estúpido miedo a que todo acabe antes de empezar. De dejar las cosas sin terminar y buscar retos fáciles por el temor a fracasar.

Perdonó mis desplantes al pasado, todas las veces que miré hacia otro lado, mientras me convertía en algo que no quería ser.

Si mis heridas me ayudaron a crecer y de ellas nace lo que escribo, ¿por qué las iba a esconder?

La niña me miraba con ojos tristes y le conté que todos tenemos miedo y que lo que nos hace fuertes es creer, que tardé en aprenderlo pero ahora sé que el truco está en confiar en nosotros mismos y querernos bien.

Me encantas

Me encanta compartir tu risa. Tus gritos de alegría, ver como tus mejillas se enrojecen y tus ojos se iluminan. Contagiarme de tu juventud, de esa magia que le otorgas a las situaciones más cotidianas. De ver el mundo por primera vez. Y sorprendernos por una hormiga, por ver un avión, por esperar a que salga la Luna y cantarle a viva voz.

Me encantan tus primeras palabras, hasta las que te inventas porque su nombre real es demasiado complicado. Y es que la vida es así de simple. Un beso para curar las heridas, acurrucarte con la persona que amas si tienes miedo, si te sientes solo, si te apete y punto.

Me encanta que no quieras tener horarios. Que el tiempo no reprima tus ganas de seguir bailando. Que exprimas los últimos minutos de tu día como si mañana se acabara el mundo. Que mientras te quedas dormido repitas uno a uno los nombres de las personas a las que amas, para grabarlas a fuego en tu memoria.

Me encanta que nos imites. Que todo lo que hagamos en nuestro día a día sea un ejemplo para ti y nos obligues a ser mejores personas.

Me encantas tú en todos los sentidos. Y verme reflejada en ti. Y verlo reflejado a él también. Y prestarte los sueños que quedaron huérfanos.

Que tienes encanto hasta para robarme el corazón en los peores momentos.

Desde aquel día

Esta carta lleva consigo todo aquello que nunca decimos porque ya se sabe. Todas esas cosas que damos por hecho, los abrazos y los besos que no dimos porque no hicieron falta. O sí, es más fácil callar que dar el paso. Pero es que uno se pone a pensar cuando la vida cambia de rumbo, cuando el tren acelera o hace un cambio de carril, y entonces sabemos que el tiempo ha pasado demasiado desde aquel día. Sigue leyendo