Sueños irrealizables

Se aprecia con dificultad, como una pluma diminuta revoloteando a lo lejos, un halo de luz, un algo incompleto, ligero como el viento—pesado en la memoria—y cae desmadejado al suelo. Y yo lo recojo con manos delicadas, las mismas que no supieron sujetarlo con fuerza para que no echara a volar. Aún recuerdo su huida, su descomposición en el horizonte como si se fundiera en la nada y dejara de existir. Así son los anhelos, los irrealizables. Un espejismo de lo que pudo ser, una mancha en el ayer, un deleite frustrado. Y sin embargo, está pero no se ve. Es mi recuerdo indeleble y se aferra a la niña que fui. A veces creo que sigo siendo la niña, que la niña engulle a la mujer, que no puedo crecer. Quizá sea eso, la madurez me incomoda, es una trituradora de sueños, una irracionalidad que justificamos de la mano de las responsabilidades. Yo lo veo en la cara de los niños, miran a los adultos con cierto escepticismo, con extrañeza ante cada acto que proyectamos y que despunta en su naturalidad infantil. Y preguntan sin miedo y sin pudor ¿por qué? Y siempre por qué esto y por qué lo otro. En su mentalidad aún no se han instalado los parámetros que les marcaran el camino. Solo viven desde el beneficio que se les concede porque son niños. Y yo los miro y me río y apruebo su locura. No han encontrado su lugar en el mundo y no obstante, no se sienten perdidos. Son libres.

Yo sigo dejando escapar sueños, tengo demasiadas obligaciones.

Que vuelvas

Yo sigo pidiendo que vuelvas,

que apacigües mis tormentas,

que el silencio de tus labios siga siendo mi refugio

y tras salir por la misma puerta,

peguemos portazo a los rencores y las guerras.

Que dejes de ser ausencia.

Que no nos de miedo ser diferentes, perder la fe y dejarnos caer porque los valientes también se rinden aunque les duela.

Que me envuelvas entre tus brazos y

sintamos que la libertad nos quema.

El orgullo rompió el deseo de tenernos cerca pero ya no me importa reconocer

que soy yo la que te espera.

Amor platónico

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Nunca se lo dije. Nunca estuve a altura de semejante pretensión—quizá ese fuera el motivo, si es que hubiera uno razonable—aún así, en mi escrupuloso silencio lo amé. Lo amé desde el alma, como se ama a alguien que transformado en idolatría casi no parece humano, y convirtiéndolo en una platónica posibilidad me escudé en mis sueños para vivir en una realidad paralela. Fue eso lo que me mantuvo alejada del mundo, lo que me hizo vivir de fantasías que me hacían feliz y ridiculizaban mi comportamiento. Olvidé que lo realmente bello son los defectos en equilibrio con las virtudes, formando así, un perfecto revoltijo que se convierte en la pócima idónea para aquel que desee tomarla.

Y lo comprendí años después, cuando hube olvidado ese capricho adolescente, cuando me reía leyendo el victimismo reflejado en un diario repleto de fracasos amorosos. El amor viene cuando estamos preparados.

Es entonces en ese momento, cuando el alma está en paz y decidimos ponernos en manos del destino; aparece de repente. Y ya no nos abandona.