Aunque tú no lo sepas

Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo…

Luis García Montero

Aunque tú no lo sepas,

tuve miedo de encontrarte,

de adentrarme en tus tormentas,

de ser parte de la duda que reinvindicaba una tregua,

de conocer demasiado bien las adversidades que intentaron derruirte.

Sin quererlo te idealicé,

a fuerza de ilusiones y de esperas,

del deseo de convertir la irrealidad de mi ficción en la razón de mi existencia.

Aunque tú no lo sepas,

aprendí a volar huyendo de mis propias guerras,

combatiendo a golpe de soledad mis innumerables incertezas.

Tal vez no quise buscarte

para no reconocerte en mis cicatrices,

olvidando en ellas la parte de mi que tú conociste.

La verdad

La vida no solo es lo que hacemos sino lo que pensamos y también lo que nos atormenta. Lo que se reproduce en ese plano de la conciencia que a veces resulta más real que el físico. Para algunos les parecerá más verdadero y cierto, y es que no existen verdades absolutas.

La verdad es, en definitiva, lo que uno esté dispuesto a creer.

Sentimientos

Un sentimiento fluye lentamente, cambia, se modifica, deviene en un letargo inevitable, deja de existir. Puede que reviva algún día, como renacido de repente, sin razón aparente que lo sostenga. No está en tu cabeza, corre libre, tropieza, se enquista en el alma, resta inamovible como esa mancha que no pudiste quitar. Y tiene la condición de algo irrevocable, que sucedió y no llegó a marcharse del todo.

Los sentimientos, aquellos incomprendidos a los que resulta imposible aplicar el sentido común.

Sueños irrealizables

Se aprecia con dificultad, como una pluma diminuta revoloteando a lo lejos, un halo de luz, un algo incompleto, ligero como el viento—pesado en la memoria—y cae desmadejado al suelo. Y yo lo recojo con manos delicadas, las mismas que no supieron sujetarlo con fuerza para que no echara a volar. Aún recuerdo su huida, su descomposición en el horizonte como si se fundiera en la nada y dejara de existir. Así son los anhelos, los irrealizables. Un espejismo de lo que pudo ser, una mancha en el ayer, un deleite frustrado. Y sin embargo, está pero no se ve. Es mi recuerdo indeleble y se aferra a la niña que fui. A veces creo que sigo siendo la niña, que la niña engulle a la mujer, que no puedo crecer. Quizá sea eso, la madurez me incomoda, es una trituradora de sueños, una irracionalidad que justificamos de la mano de las responsabilidades. Yo lo veo en la cara de los niños, miran a los adultos con cierto escepticismo, con extrañeza ante cada acto que proyectamos y que despunta en su naturalidad infantil. Y preguntan sin miedo y sin pudor ¿por qué? Y siempre por qué esto y por qué lo otro. En su mentalidad aún no se han instalado los parámetros que les marcaran el camino. Solo viven desde el beneficio que se les concede porque son niños. Y yo los miro y me río y apruebo su locura. No han encontrado su lugar en el mundo y no obstante, no se sienten perdidos. Son libres.

Yo sigo dejando escapar sueños, tengo demasiadas obligaciones.

El pasado

Más tarde o más temprano nos volvemos obsesos del pasado, nos enrolamos en su nostálgica melodía, como procurando dar sentido a una vida desprovista de emociones. Preguntamos sin esperar que nos responda, solo por el placer de hacer de esas preguntas la herencia que nos dejó el tiempo, muchas veces plagado de deudas. Somos incapaces de ignorar la insistencia con la que las vivencias reclaman su lugar, el sutil bailoteo de recuerdos que alborotan una tediosa existencia.

Miramos con amargura el presente, el lugar que ocupamos y del que aún no sabemos con certeza si lo elegimos o nos vino de la mano del conformismo. Inventamos la manera de resarcirnos de nuestros fracasos y nos encomendamos a la suerte, como si de ella dependieran nuestros sueños. Y hay cierto regocijo en el descontento provocado por todas las metas que se nos quedaron a medias, un rencor latente por la persona que fuimos y no cumplió nuestras expectativas, una intención que no se ha diluido y que nos empuja a intentarlo de nuevo.

Somos obsesos del pasado que buscan reconciliarse con la ilusión que nos abandonó demasiado pronto.

Ya no

Espérame, me dijiste, como si el amor pudiera ponerse en pausa. Como si no fuéramos más que dos personajes discordantes de una novela inacabada, sin ánimos de sujetarnos las ganas. Después dirás que no te fuiste, que el tiempo no cambió nada, que tú no quisiste hacerlo, que dolió de igual manera, que entre tantos recuerdos comprendiste que me necesitabas cerca. Que los años no hicieron cicatrices, ni abrieron un abismo ni nos declaremos la guerra. Que para mí empezaste a ser una pérdida. Y ahí es cuando preferí un final a seguir siendo tu marioneta.

¿Para qué tanto huir de la locura?

¿Que tiene la locura que genera tanto pavor? La diferencia que reluce entre tanto igual y se le señala para que lo devore la crítica. Hoy ya nadie quiere salirse de los parámetros de la normalidad, se asientan en sus principios vacuos y se construyen un sitio donde habitar, sin riesgos.

Pero la seguridad también entraña peligro, corre uno el riesgo de quedarse como esperando a que la vida transcurra con cierta calma, sin sobresaltos que nos obliguen a salir de ese confortable lugar. Y ahí se traga con menos resistencia la utopia de la felicidad. La estabilidad como síntoma inequívoco de una vida plena, la acaparadora rutina, el rendirse al materialismo, el futuro inminente del que solo se pretende atesorar más de lo que ya se tiene. Y así avanzamos, con sueños poco realizables a las espaldas y con la ansiedad de un tiempo que se nos escapa.

¿Para qué tanto huir de la locura?

Si en esos trazos de nuestro día a día carentes de guión encontramos más regocijo.

Si la felicidad es un estado intermitente, el vestigio de aquellos momentos deliciosos que no se repetirán jamás. Y el saberse entendedor de esta premisa, nos libera de la absurda presión de la búsqueda, del anhelo de otras vidas mejores a la nuestra. Ahí precisamente es donde podemos reírnos de los convencionalismos y sacudirnos las dudas.

Por favor, un poco de locura.

Canciones viejas

Siente el lastre de una vida ya pasada. Canciones viejas que suenan con la misma melodía de ayer- la voz viva y alegre le llega ahora entrecortada-, y aún así sigue encendiéndose la llama. El tiempo ha distorsionado la letra, no las emociones.

Reconoce la juventud que se le escapa y la nostalgia la ata a aquel amor que se resiste a morir en sus recuerdos.

Hay imágenes que de tanto reproducirlas se entremezclan con su imaginación, y sin embargo es incapaz de soltarlas para dejar hueco a lo nuevo. El presente ha dejado de importarle. Está en ese fatídico momento en el que parece que la vida ya no le puede dar nada mejor a lo ya vivido.

Vuelve él, enterrado bajo capas de resignación, como aquel verano que vio nacer su historia.