Resurgir

Déjame ser un pedazo de tu historia,

que de alborozo se llenen los días para decir que hemos vivido intensamente.

Que hemos sentido la magia,

un resurgir entre nuestros besos,

un algo etéreo y volátil en el alma al mismo tiempo.

Sin esconder los miedos,

que nos traen recuerdos de otros tiempos,

otros caminos vienen,

parece que otras nubes cubren el cielo.

Ya no quiero más manos que las tuyas.

Y que me lleven lejos.

Felicidades, bebé

Sigo velando tus sueños, aunque nunca supiera cantarte una canción de cuna. De tanto en cuando tatareaba la letra de la primera invención que asomaba a la desesperada, aquellas largas noches en las que luchabas por mantenerte despierto. Tiempo después, me sorprendías recordando las melodías que solo fueron nuestras, como un lenguaje secreto lleno de complicidades.

Aún conservas la mirada pícara y atrevida de quien no ha conocido el miedo. Y te impacientas como si ya supieras que el tiempo ha de robarte la energía y la ilusión.

Así te quiero yo, valiente y libre, para que a tus tres años sigas acumulando innumerables aventuras.

Sueños irrealizables

Se aprecia con dificultad, como una pluma diminuta revoloteando a lo lejos, un halo de luz, un algo incompleto, ligero como el viento—pesado en la memoria—y cae desmadejado al suelo. Y yo lo recojo con manos delicadas, las mismas que no supieron sujetarlo con fuerza para que no echara a volar. Aún recuerdo su huida, su descomposición en el horizonte como si se fundiera en la nada y dejara de existir. Así son los anhelos, los irrealizables. Un espejismo de lo que pudo ser, una mancha en el ayer, un deleite frustrado. Y sin embargo, está pero no se ve. Es mi recuerdo indeleble y se aferra a la niña que fui. A veces creo que sigo siendo la niña, que la niña engulle a la mujer, que no puedo crecer. Quizá sea eso, la madurez me incomoda, es una trituradora de sueños, una irracionalidad que justificamos de la mano de las responsabilidades. Yo lo veo en la cara de los niños, miran a los adultos con cierto escepticismo, con extrañeza ante cada acto que proyectamos y que despunta en su naturalidad infantil. Y preguntan sin miedo y sin pudor ¿por qué? Y siempre por qué esto y por qué lo otro. En su mentalidad aún no se han instalado los parámetros que les marcaran el camino. Solo viven desde el beneficio que se les concede porque son niños. Y yo los miro y me río y apruebo su locura. No han encontrado su lugar en el mundo y no obstante, no se sienten perdidos. Son libres.

Yo sigo dejando escapar sueños, tengo demasiadas obligaciones.

Nueva vida

Hay notas discordantes en el aire, una sigilosa espera que rompe la armonía de una tarde cualquiera.

Hay una emoción distinta que la sobrepasa, la tensión casi palpable que provoca la posibilidad de una vida nueva.

Un resquicio de indecisión aparece en un descuido, recordando la rutina apacible llevada hasta ahora. Y le tiemblan las manos de inquietud y por un momento su fortaleza se pierde y se siente una extraña, busca deshacerse de su caprichosa agonía, solo desea sentirse orgullosa de su hazaña.

El tren que se divisa a lo lejos anuncia su llegada. Coge aire y hace acopio de las ilusiones que se malograron con el tiempo y de la dulce inocencia de una niña que soñó con escapar de un futuro impuesto. Ya está, se dice, ya vencí al miedo y se deshace por fin de sus temores absurdos. Y ya no lucha contra ella, ya le pertenece el mundo.