A veces…

A veces me equivoco y te nombro en presente. Un breve espacio de tiempo en que sales de mis recovecos y vuelves a encajar en todo aquello que dejemos a medias.

Qué añoranza, querer volver de donde viniste, sabiendo que por más que duela ya no existe.

Volverás a decirme que llorarle al pasado solo lo hacen los infelices. ¿Qué somos? Horas tristes, besos en algún rincón abandonado. Te quedaste entre aquella mirada de quiero pero es demasiado complicado.

Qué fácil es retirarse cuando es a otro a quién haces daño.

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Si me siento lejos de mi misma, ahogada en la irremediable idiotez humana, como quién buscar hundirse en la nada, es en esos momentos cuando escribir es lo único que me salva, cuando vacía de respuestas me lamento de todo lo que no dije. De todo aquello que murió vacilante en mi boca. Y entonces me quedo extrañamente silenciada. Tú me miras y en tus ojos puedo encontrar cierta esperanza. Me devoras la tristeza en las horas en que más frágil me siento.

Y ya no hay penas ni remordimientos. Solo somos dos cuerpos huyendo del paso del tiempo.

A la niña que fui

Hoy me senté con la niña que fui, hablemos de como el tiempo cambia a las personas hasta volverlas irreconocibles. Del estúpido miedo a que todo acabe antes de empezar. De dejar las cosas sin terminar y buscar retos fáciles por el temor a fracasar.

Perdonó mis desplantes al pasado, todas las veces que miré hacia otro lado, mientras me convertía en algo que no quería ser.

Si mis heridas me ayudaron a crecer y de ellas nace lo que escribo, ¿por qué las iba a esconder?

La niña me miraba con ojos tristes y le conté que todos tenemos miedo y que lo que nos hace fuertes es creer, que tardé en aprenderlo pero ahora sé que el truco está en confiar en nosotros mismos y querernos bien.

Ella

Se enamoró de sus rarezas, de su empeño de ir contra corriente. Odiaba seguir a la gente, era ella con sus convicciones pero también con sus miedos. Era ella en un mundo de prejuicios, de miradas irreverentes, de “yo más que tú”, jodiendo al prójimo.

Ella multiplicada por mil cuando caía entre sus brazos preparada para estallar.

Agitada, rebelde, perfecta a los ojos de quién sabía apreciarle su gracia.

Era ella sin más y ahí residía su magia.

Canciones viejas

Siente el lastre de una vida ya pasada. Canciones viejas que suenan con la misma melodía de ayer- la voz viva y alegre le llega ahora entrecortada-, y aún así sigue encendiéndose la llama. El tiempo ha distorsionado la letra, no las emociones.

Reconoce la juventud que se le escapa y la nostalgia la ata a aquel amor que se resiste a morir en sus recuerdos.

Hay imágenes que de tanto reproducirlas se entremezclan con su imaginación, y sin embargo es incapaz de soltarlas para dejar hueco a lo nuevo. El presente ha dejado de importarle. Está en ese fatídico momento en el que parece que la vida ya no le puede dar nada mejor a lo ya vivido.

Vuelve él, enterrado bajo capas de resignación, como aquel verano que vio nacer su historia.