Ya no

Espérame, me dijiste, como si el amor pudiera ponerse en pausa. Como si no fuéramos más que dos personajes discordantes de una novela inacabada, sin ánimos de sujetarnos las ganas. Después dirás que no te fuiste, que el tiempo no cambió nada, que tú no quisiste hacerlo, que dolió de igual manera, que entre tantos recuerdos comprendiste que me necesitabas cerca. Que los años no hicieron cicatrices, ni abrieron un abismo ni nos declaremos la guerra. Que para mí empezaste a ser una pérdida. Y ahí es cuando preferí un final a seguir siendo tu marioneta.

No quiero

Ya no quiero mirar hacia atrás. Ya no me apetece decir que te olvidé si sé que no es cierto. Si sé que el presente se sostiene de recuerdos y que hay miradas que aún despiertan sentimientos. Que apareciste cuando empezaba a desaprender el camino, a arriesgar, a vivir sin temer hundirme de nuevo.

Ya no quiero mirar hacia atrás y sentir que pierdo, que lo nuestro fue una simple partida en tu estúpido juego. Que siempre reclamabas amor y nunca llegaste a merecerlo.

Ya no me apetece decir que te olvidé, aunque aún me esfuerzo, y me convenzo de que ya no puedo inventar nada para seguir sosteniéndolo. Ningún amor se merece una eterna espera, ni promesas que nunca llegan.

Ya no quiero que vuelvas.

¿Para qué tanto huir de la locura?

¿Que tiene la locura que genera tanto pavor? La diferencia que reluce entre tanto igual y se le señala para que lo devore la crítica. Hoy ya nadie quiere salirse de los parámetros de la normalidad, se asientan en sus principios vacuos y se construyen un sitio donde habitar, sin riesgos.

Pero la seguridad también entraña peligro, corre uno el riesgo de quedarse como esperando a que la vida transcurra con cierta calma, sin sobresaltos que nos obliguen a salir de ese confortable lugar. Y ahí se traga con menos resistencia la utopia de la felicidad. La estabilidad como síntoma inequívoco de una vida plena, la acaparadora rutina, el rendirse al materialismo, el futuro inminente del que solo se pretende atesorar más de lo que ya se tiene. Y así avanzamos, con sueños poco realizables a las espaldas y con la ansiedad de un tiempo que se nos escapa.

¿Para qué tanto huir de la locura?

Si en esos trazos de nuestro día a día carentes de guión encontramos más regocijo.

Si la felicidad es un estado intermitente, el vestigio de aquellos momentos deliciosos que no se repetirán jamás. Y el saberse entendedor de esta premisa, nos libera de la absurda presión de la búsqueda, del anhelo de otras vidas mejores a la nuestra. Ahí precisamente es donde podemos reírnos de los convencionalismos y sacudirnos las dudas.

Por favor, un poco de locura.

Que vuelvas

Yo sigo pidiendo que vuelvas,

que apacigües mis tormentas,

que el silencio de tus labios siga siendo mi refugio

y tras salir por la misma puerta,

peguemos portazo a los rencores y las guerras.

Que dejes de ser ausencia.

Que no nos de miedo ser diferentes, perder la fe y dejarnos caer porque los valientes también se rinden aunque les duela.

Que me envuelvas entre tus brazos y

sintamos que la libertad nos quema.

El orgullo rompió el deseo de tenernos cerca pero ya no me importa reconocer

que soy yo la que te espera.

Valiente

Empiezo a preferir la pérdida, a vivir anclada en el camino. A ser un cuerpo deambulante, al que no le importa no sentirse en casa. Será que el hogar lo construyen las emociones que llevo a cuestas, que no hay más seguridad que saber quién soy y sentirme a gusto. Nada más valioso como el recuerdo de todo aquello que me dolió y que me hizo fuerte. Nada más importante que mantener el vuelo sin temer estrellarme. A nadar contracorriente, a escapar de la jaula y atreverme a ser valiente.

Empezar

No hay palabras que retengan el deseo de estallar cuando, tras abandonarnos a los sentimientos, fluimos como el viento que nos da en la cara. El silencio es una melodía maravillosa que nos acompaña,

Arañas ese recoveco acorazado. Me dejo hacer. Derrumbas temores infundados. Hay días, horas y momentos que huyen de la precisión del tiempo, se difuminan en tu compañía y es entonces cuando no entiendo de pasados que pesan, ni futuros que desean reconstruir.

Empezar. Es la única premisa que resuena. Y confiamos como si fuera la primera vez.

En la distancia

Es paradójico pensar que cuanto más lejos estás, más cerca te siento a veces, la distancia te engrandece, y echándote en falta las diferencias ya no son lo que parecen.

No quiero estar sin verte, pero en la soledad también se aprende a ser fuerte.

Ser fiel es estar sin que te cueste, sin esperar nada del otro, dar sin recibir, porque te sale así y lo sientes.

Tú me lo demostraste con creces, ahora solo te pido que me esperes.

Hay momentos en la vida en que debes alejarte para apreciar lo que tienes.

Vamos a intentarlo

Déjate llevar sin miedo, olvida los pretextos, las excusas. Ama sin contemplaciones, como lo hiciste la primera vez, antes de prometerte que no volverías a hacerlo.

Quiero que me mires como si fuera el principio donde mueren los finales que te dolieron tanto. Como si fuéramos el destino que estábamos esperando. Que dejes de mirar el reloj y olvides el lugar de donde vienes y aquello que te retiene.

Amar como deseaste amar siempre, sin esa duda quemándote las entrañas, sin dejar que la soledad se haga un hueco en nuestra cama y empieces a sentirme como una extraña.

Amar como lo hiciste en el pasado, con la inocente juventud del que no conoce el engaño.

Vamos a intentarlo.

Lo más bonito

Reírme de mí misma en esos momentos en que me sobreviene el miedo. Respirar, contar hasta tres y pensar que no puedo dar más de lo que debo. Y sin embargo, tras varios intentos, me recuerdo que tú formas parte de lo más bonito que tengo. Que no es sano razonar sentimientos, el corazón elige y a mi me basta una sonrisa para revolverme por dentro.

Y quizá algún día me rompas sin quererlo, pero yo prometo quedarme con esos instantes en los que creímos ser eternos.

El ayer

Estuve rehuyendo del pasado, como si pudiera hacerme una vida nueva con los pedazos que quedaron, como si me hubiera construido de la nada, y arrepentida me escondiera tras mentiras que dibujaban una felicidad mal disimulada.

El ayer reabrió muchas heridas, se me escapó el tiempo persiguiendo momentos que restaban olvidados.

Me forjé de errores, de caminos que se cerraron y oportunidades que podría haber aprovechado si no me hubiera dado miedo decir que sí. Y anduve equivocada creyendo que lo que rechazo vuelve, si ha de ser para mí. Ahora sé que nunca he fracasado, que permanecen los sueños tras los años, que las derrotas también son parte del precio para alcanzarlos y que nada duele si no permito que me haga daño.