Sueños irrealizables

Se aprecia con dificultad, como una pluma diminuta revoloteando a lo lejos, un halo de luz, un algo incompleto, ligero como el viento—pesado en la memoria—y cae desmadejado al suelo. Y yo lo recojo con manos delicadas, las mismas que no supieron sujetarlo con fuerza para que no echara a volar. Aún recuerdo su huida, su descomposición en el horizonte como si se fundiera en la nada y dejara de existir. Así son los anhelos, los irrealizables. Un espejismo de lo que pudo ser, una mancha en el ayer, un deleite frustrado. Y sin embargo, está pero no se ve. Es mi recuerdo indeleble y se aferra a la niña que fui. A veces creo que sigo siendo la niña, que la niña engulle a la mujer, que no puedo crecer. Quizá sea eso, la madurez me incomoda, es una trituradora de sueños, una irracionalidad que justificamos de la mano de las responsabilidades. Yo lo veo en la cara de los niños, miran a los adultos con cierto escepticismo, con extrañeza ante cada acto que proyectamos y que despunta en su naturalidad infantil. Y preguntan sin miedo y sin pudor ¿por qué? Y siempre por qué esto y por qué lo otro. En su mentalidad aún no se han instalado los parámetros que les marcaran el camino. Solo viven desde el beneficio que se les concede porque son niños. Y yo los miro y me río y apruebo su locura. No han encontrado su lugar en el mundo y no obstante, no se sienten perdidos. Son libres.

Yo sigo dejando escapar sueños, tengo demasiadas obligaciones.

Crecer

 

Lo confieso. A veces me da miedo crecer. Me da miedo tirar hacia adelante, sabiendo que no podré volver hacia atrás. Es una de esas certezas que te escupen en la cara cuando te haces mayor. Te pasas toda la vida deseando tener una edad para poder decidir por ti mismo y cuando llegas a ella te das cuenta de que estás más condicionado de lo que creías. Que el futuro que un día imaginaste no es tan fácil de alcanzar. Y te maldices a ti mismo, por no haber cumplido la promesa de marcharte de casa a los dieciocho.
Me da miedo crecer, por aquello de que a un niño se le perdona todo. Es un hecho irrefutable, todo lo que dicen o hacen se rige por la bondad más absoluta, por tanto, se les concede esa gracia. No saben de nada, pero se les permite hablar de todo. Y si dan una opinión equivocada se les excusa diciendo que les queda mucho por aprender. Cómo no va a dar yuyu cruzar la línea, pierdes toda la impunidad. De repente, toda la paciencia que tenían contigo se desvanece y cae sobre ti la presión de un futuro incierto.

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