Ser parte de la historia

Nadie elige ser parte de la historia. Ni siquiera se da cuenta de donde se encuentra hasta que los hechos lo arrollan con toda su gravedad. Tal vez hubiera preferido formar parte de lo cotidiano, sin tener que asumir la responsabilidad del momento. Porque el momento pesa y mucho. Pesa la ruptura de todo aquello que nos mantenía estables, en nuestro lugar. El sentirnos privados de libertad, presos de la distancia y presos de los recuerdos y de ese deseo de normalidad.

Pero ya nada es igual. Nada será igual. La situación nos revuelve por dentro y nunca se vuelve indemne de un desastre.

Después de llevarlo todo al límite, me gusta pensar que nada pasa por casualidad. Que necesitamos adentrarnos en una tormenta para recordar nuestra fragilidad, pero también nuestra voluntad de cambio. El cambio. Quizá sirva para andar más despacio, para apreciar lo que la vida nos da y puede arrebatarnos sin previo aviso.

Nadie elige ser parte de la historia, pero después de decir “yo estuve allí”, uno se da cuenta de lo mucho que aprendió de la catástrofe.