Viejas amistades

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Los amigos de la adolescencia son como una puerta a todo lo que guardaste cuando te convertiste en adulto. Y estar en su compañía entraña acordarte de que esa época estaba marcada por la locura. Una locura sana, de esas que lo único que buscan es huir de la responsabilidad.
Por eso los años pasan tan rápido, porque disfrutas e ignoras el sufrimiento. Solo cuando empiezas a picotear lo que es el amor te das cuenta de que todo es más jodido de lo que parece. Pero los primeros intentos—y las primeras caídas en picado—también nos hacen crecer.
Me acuerdo como si fuera ayer de lo mucho que reíamos. Como si la vida en sí fuera un propio chiste. Cualquier excusa nos valía para hacer de la situación algo cómico. Y aquel diario que utilizábamos para desahogarnos y explicar todas aquellas cosas que solo se pueden decir escribiendo. Porque cuando suenan a viva voz parecen demasiado reales. Parece que pueden hacer demasiado daño. La tinta y el papel siempre fueron buenas herramientas para amortiguar el dolor.

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Desde aquel día

Esta carta lleva consigo todo aquello que nunca decimos porque ya se sabe. Todas esas cosas que damos por hecho, los abrazos y los besos que no dimos porque no hicieron falta. O sí, es más fácil callar que dar el paso. Pero es que uno se pone a pensar cuando la vida cambia de rumbo, cuando el tren acelera o hace un cambio de carril, y entonces sabemos que el tiempo ha pasado demasiado desde aquel día. Sigue leyendo