Relato: Algún día

Nayra observaba la noche oscura a través de la ventana mientras se peinaba el cabello. Oyó chirriar la puerta de sus aposentos, reconoció los pasos decididos que se acercaban a ella y los dedos hábiles que le rozaron el pelo con aquella ternura contenida. Dejó el peine con brusquedad y se levantó de la silla para mirarlo. Allen tenía una expresión indescifrable. Se acercó a ella y acarició un mechón de su cabello con delicadeza mientras salvaba los escasos centímetros que los separaba. Detrás de esa dureza bien disimulada seguía viendo un destello de ternura, unos ojos azules que la llamaban para que se acercara. Nayra puso la mano en su pecho en un acto reflejo pero allí se quedó agarrando con fuerza su jubón de seda, sintiendo su piel caliente debajo de ella. Sus pensamientos se nublaron. Como si Allen supiera lo que estaba ocurriendo cogió su mano y besó cada uno de sus dedos. Ella siguió mirándole, atenta al próximo movimiento. No dijo nada.

—Algún día serás mía…

Aquella promesa revolvió sus entrañas. Entreabrió los labios para dejar ir un jadeo. Allen sonrió y sin preverlo—ni querer evitarlo—se abalanzó sobre ella para besarla. Fue un beso urgente y violento pero ella no rechistó, tampoco cuando volvió a repetirlo estrechándola entre sus brazos.

—Algún día serás mía—volvió a repetir—pero hasta entonces deberías comportarte. Esto no es propio de una doncella de tu clase.

Y dejó ir una sonrisa burlona. Nayra le fulminó con la mirada y salió al balcón antes de que volviera a hechizarla. El cielo negro se le echó encima y el frío glacial golpeó sus huesos. Pero había prendido fuego a su contacto y aún notaba la calidez en su piel. Había dicho que algún día le pertenecería. Volvió a jadear. Ahora entendía que era eso precisamente lo que deseaba.

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El caballero de la muerte

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Cometió errores que jamás pudieron enmendarse, se convirtió en un caballero andante, con su espada enfundada en mentiras y cubierta de sangre de malhechores, pendencieros y traidores. Pasó de luchar por honor y servidumbre a su señor, a matar por una bolsa de monedas. Pronto lo conocieron como el caballero de la muerte, aquellos que debían dinero o esperaban alguna revancha de parte de sus enemigos, se escondían ante su llegada. La cicatriz que le cruzaba la cara y los ojos azules que le propiciaban una profunda mirada, lo envolvían de más misterio. Su atractivo no se había visto truncado por la mala reputación y eran muchos los que aseguraban que hacía uso de su fachada para engatusar a las más jóvenes y robarles la inocencia. Y destruía la potestad de las autoridades tornándose invisible, como un espectro entre las sombras.

La leyenda de Allen Grey no tardó en generar cierta polémica entre las gentes. Nadie conocía su pasado, pero las historias más descabelladas corrían de boca en boca provistas de una alta dosis de imaginación. El segundo hijo de un señor, decían, que mató a su hermano para heredar todas las posesiones. Un ser vil y cruel, que violaba a las mujeres y luego las mataba sin piedad. Tales acusaciones llegaron a oídos de la nobleza más acomodada, pero lejos de ser rechazado, lo utilizaron para sus propios intereses. Su riqueza escaló posiciones rápidamente, y aquel sucio e inmoral oficio le llevó a servir al rey. Aunque al tratarse de personalidades distinguidas, sus hábitos cambiaron, y su espada quedó relegada a un segundo plano para usar métodos menos escandalosos. Como el veneno, un arma cobarde, pero más segura y eficaz.

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El timón que maneja nuestras vidas

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Fue todo una tontería, lo sé. No sé porque me comporté como si se acabara el mundo, como si el único interesado en toda esa historia fuera yo. Fue…un desfase emocional, de esos que llegan en forma de terremoto y arrasan con todo. Y Carla—enfurecida tal como ella sabe hacerlo—me miró preguntándome sin preguntar, de donde coño sacaba esa mala leche. Los seres humanos somos así, actuamos y luego no sabemos explicar porqué actuamos como lo hacemos, no somos capaces de dar respuesta a lo único que aún no hemos podido descifrar, los sentimientos.

Todo fue un Lunes por la mañana, cuando encontré la bolsa misteriosa, un vestido nuevo que no tenía ni idea de que se había comprado y aquella nota de amor conmovedora. Podría haber supuesto que era para mí, que Carla solo tenía ojos para el amor de su vida, y ese no era otro que yo mismo, pero los celos interfirieron en todo el sentido común que me pudiera quedar. En fin, que abandoné el camino de la confianza y un mensaje en su móvil de un número desconocido diciendo: “todo listo para esta noche”, me lo puso mucho más fácil.

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Lo que mis versos no te escribieron

 

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Se llamaba María. Nicolás tuvo ocasión de recordarla tiempo después, recostado en el tronco de un pino, con sus notas en el regazo y una sonrisa nostálgica, de esas que hablan del pasado casi olvidado y de pronto aparecen en forma de recuerdo y nos escuecen en el alma.

Llegó con las primeras luces del alba, en un carruaje medio destartalado y sucio, y se la vio cubierta con ropas negras, un aire de tristeza y un misterio que inundó al pueblo de preguntas sin responder. No es que la chiquilla fuera un enigma o su situación algo extraño, es que en esas tierras nunca sucedía nada pero cuando sucedía suscitaba tal revuelo que el asunto se convertía en una novedad, y ser parte de ella constituía un sinfín de conjeturas. Después cupiera analizar el porqué de tanto afán de inventar. Quizá la vida, simple y llana, no era más que el reflejo de esas invenciones que proporcionaban el aliciente perfecto para la diversión.

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La mente soñadora

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Parecía hecha de retales. De recuerdos consumidos, de últimos suspiros, de alientos forzados que hinchaban su pecho. Parecía dueña de las sombras que un día picaron a su puerta para quedarse. Allí estaba esperando impaciente, a que la muerte se la llevara, observando cada recoveco de la estancia por si aparecía de la nada. No era en esos momentos cuando la admiraba, la fuerza que la había caracterizado la abandonaba cada vez más a diario y su voz era triste y melancólica, una canción desafinada, un agónico y constante adiós. Pero él volvía—si más no, para que se sintiera arropada—y cuando la lucidez retornaba para encontrarla disfrutaba del pasado, a sabiendas que no era suyo pero que resultaba del todo interesante. Esas historias de amores inventados, de guerras que nunca sucedieron, de familias enfrentadas, del tesoro que jamás revelaría su escondite. Había sido una mente que nunca se cansó de imaginar, y ese carácter tan versátil que su querida abuela había engendrado le sirvió de argumento para muchos de sus libros. Siempre pensó que eran el complemento del otro, puesto que ella no sabía escribir, y él sacaba maravillas de sus curiosas invenciones. Cierta ocasión le había preguntado el porqué a aquel afán de huir de la realidad. «En la época que me tocó crecer a veces era más placentero soñar que vivir», fue su respuesta. Desde entonces envidió la fortaleza y la sonrisa que iluminaban su rostro todos los días. Y la curiosa satisfacción que obtenía de sus cavilaciones, la búsqueda insaciable de una realidad paralela que se ajustara más a los parámetros de lo que para ella era la felicidad. Era un libro en movimiento que nunca se deterioró con el peso de la vejez.

Y solo al final de su camino se permitió derramar una lágrima, mientras le hacía prometer que seguiría soñando por ella, que seguiría siendo libre a pesar de todo.

La vuelta

Y volvió creyendo que el pasado le recordaría, que las personas con las que compartió todo, esperarían intactas en el tiempo. Con el mismo rostro mortecino y decepcionado que el día que lo vieron partir.

Cuando se marchó pareció romperse el mundo, cachitos inverosímiles como la vida que había llevado hasta ese preciso momento. No pensó—ni creyó posible tampoco—que podrían volver a juntarse una vez suplida su ausencia. Lo más cruel de la vida era darse cuenta que uno no era imprescindible para nadie, en aquella rueda inagotable que giraba sin descanso, atropellándonos, arrastrándonos aunque no estuviéramos preparados.

No habría alma alguna que se parara a pensar quien era ese que transitaba las calles desiertas en busca de recuerdos que ya no estaban. Como tampoco se tomarían la molestia de mirar hacia atrás para ver al niño que jugaba con ellos en las tardes de sol. Simplemente mirarían su reloj, maldiciendo al tiempo por girar tan deprisa, volverían a esclavizarse a él con sus quehaceres y desearían la noche en silencio para soñar despiertos aquello que no podían.

Salvo ella. Ella en su lucha constante con la pena y la inquietud. Ella estática entre las paredes de aquella casa, anclada al pretérito desasosiego, a aquel viejo conocido que era el miedo, por no saber qué sucedería una vez la distancia pusiera fin a su labor de madre. Ella sería la única que le abriría la puerta, que velaría sus noches y soñaría ansiosa su vuelta. Y con lágrimas en los ojos lo abrazaría feliz—olvidando al instante el sufrimiento— y le diría «por fin vuelves a casa hijo, por fin.»