El pasado

Más tarde o más temprano nos volvemos obsesos del pasado, nos enrolamos en su nostálgica melodía, como procurando dar sentido a una vida desprovista de emociones. Preguntamos sin esperar que nos responda, solo por el placer de hacer de esas preguntas la herencia que nos dejó el tiempo, muchas veces plagado de deudas. Somos incapaces de ignorar la insistencia con la que las vivencias reclaman su lugar, el sutil bailoteo de recuerdos que alborotan una tediosa existencia.

Miramos con amargura el presente, el lugar que ocupamos y del que aún no sabemos con certeza si lo elegimos o nos vino de la mano del conformismo. Inventamos la manera de resarcirnos de nuestros fracasos y nos encomendamos a la suerte, como si de ella dependieran nuestros sueños. Y hay cierto regocijo en el descontento provocado por todas las metas que se nos quedaron a medias, un rencor latente por la persona que fuimos y no cumplió nuestras expectativas, una intención que no se ha diluido y que nos empuja a intentarlo de nuevo.

Somos obsesos del pasado que buscan reconciliarse con la ilusión que nos abandonó demasiado pronto.

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