Ella, la de antes.

No, ya no era la de antes, ya no se comía el mundo con ilusión ingenua, ni se abrazaba a la incertidumbre con la misma prepotencia.

Ya no acumulaba golpes y cicatrices como símbolos de valentía, como señal inequívoca de que vivía la vida.

Ahora detenía el vuelo para no sumar más caídas, presumía de ser precavida. Dejaba que la acomplejara el miedo, y se le desgastaran las ganas, soñaba en vez de realizar, huía de lo que la definía y la hacía especial.

La veía apagar su fuego, con la excusa del paso del tiempo, de no haber aprovechado el que fue su momento.

Yo la veía apagarse sin remedio, en un mundo de prisas y revuelos, aceptando sin rechistar las normas y los prejuicios de los que se declaraban cuerdos.

Supe a partir de entonces que la locura sería su mejor consuelo.

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