Solo quise que fueras el verso…

No fuiste el final de mi historia. Solo un capítulo más que aspiraba a convertirse en el epicentro de la trama. Solo fuiste una línea sin importancia. El miedo a la soledad confundiéndome las ganas. La necesidad de huir de la melancolía, del “después de ti no hay nada”. Un cambio de párrafo en una vida un tanto desordenada.

No fue culpa de nadie, solo quería que fueras el verso que me desnudara el alma.

Ella, la de antes.

No, ya no era la de antes, ya no se comía el mundo con ilusión ingenua, ni se abrazaba a la incertidumbre con la misma prepotencia.

Ya no acumulaba golpes y cicatrices como símbolos de valentía, como señal inequívoca de que vivía la vida.

Ahora detenía el vuelo para no sumar más caídas, presumía de ser precavida. Dejaba que la acomplejara el miedo, y se le desgastaran las ganas, soñaba en vez de realizar, huía de lo que la definía y la hacía especial.

La veía apagar su fuego, con la excusa del paso del tiempo, de no haber aprovechado el que fue su momento.

Yo la veía apagarse sin remedio, en un mundo de prisas y revuelos, aceptando sin rechistar las normas y los prejuicios de los que se declaraban cuerdos.

Supe a partir de entonces que la locura sería su mejor consuelo.

A veces…

A veces me equivoco y te nombro en presente. Un breve espacio de tiempo en que sales de mis recovecos y vuelves a encajar en todo aquello que dejemos a medias.

Qué añoranza, querer volver de donde viniste, sabiendo que por más que duela ya no existe.

Volverás a decirme que llorarle al pasado solo lo hacen los infelices. ¿Qué somos? Horas tristes, besos en algún rincón abandonado. Te quedaste entre aquella mirada de quiero pero es demasiado complicado.

Qué fácil es retirarse cuando es a otro a quién haces daño.

Si me siento lejos de mi misma, ahogada en la irremediable idiotez humana, como quién buscar hundirse en la nada, es en esos momentos cuando escribir es lo único que me salva, cuando vacía de respuestas me lamento de todo lo que no dije. De todo aquello que murió vacilante en mi boca. Y entonces me quedo extrañamente silenciada. Tú me miras y en tus ojos puedo encontrar cierta esperanza. Me devoras la tristeza en las horas en que más frágil me siento.

Y ya no hay penas ni remordimientos. Solo somos dos cuerpos huyendo del paso del tiempo.

A la niña que fui

Hoy me senté con la niña que fui, hablemos de como el tiempo cambia a las personas hasta volverlas irreconocibles. Del estúpido miedo a que todo acabe antes de empezar. De dejar las cosas sin terminar y buscar retos fáciles por el temor a fracasar.

Perdonó mis desplantes al pasado, todas las veces que miré hacia otro lado, mientras me convertía en algo que no quería ser.

Si mis heridas me ayudaron a crecer y de ellas nace lo que escribo, ¿por qué las iba a esconder?

La niña me miraba con ojos tristes y le conté que todos tenemos miedo y que lo que nos hace fuertes es creer, que tardé en aprenderlo pero ahora sé que el truco está en confiar en nosotros mismos y querernos bien.

Cuántas veces…

Cuántas veces nos rompimos sin querer, y por orgullo no quisimos arreglarnos.

Cuántas veces me pediste tiempo, sabiendo que lo pasado, pasado está, es irrecuperable, se convierte en recuerdo.

Cuántas melodias cantadas al unísono se nos volvieron tristes por el miedo atroz a decir te quiero.

Se nos fue la oportunidad entre un te espero incierto.

Para amar, nos hubiera bastado confiar en nuestros sentimientos.

Dejemos de ser y de sentir por buscar ese alguien que nos hiciera completos. Buscábamos una parte que siempre estuvo en nosotros y no queríamos verlo. Que el amor no es eso. Que es compartir con el otro nuestros sueños. Lástima que tuviéramos que alejarnos para comprenderlo.