Relato: Algún día

Nayra observaba la noche oscura a través de la ventana mientras se peinaba el cabello. Oyó chirriar la puerta de sus aposentos, reconoció los pasos decididos que se acercaban a ella y los dedos hábiles que le rozaron el pelo con aquella ternura contenida. Dejó el peine con brusquedad y se levantó de la silla para mirarlo. Allen tenía una expresión indescifrable. Se acercó a ella y acarició un mechón de su cabello con delicadeza mientras salvaba los escasos centímetros que los separaba. Detrás de esa dureza bien disimulada seguía viendo un destello de ternura, unos ojos azules que la llamaban para que se acercara. Nayra puso la mano en su pecho en un acto reflejo pero allí se quedó agarrando con fuerza su jubón de seda, sintiendo su piel caliente debajo de ella. Sus pensamientos se nublaron. Como si Allen supiera lo que estaba ocurriendo cogió su mano y besó cada uno de sus dedos. Ella siguió mirándole, atenta al próximo movimiento. No dijo nada.

—Algún día serás mía…

Aquella promesa revolvió sus entrañas. Entreabrió los labios para dejar ir un jadeo. Allen sonrió y sin preverlo—ni querer evitarlo—se abalanzó sobre ella para besarla. Fue un beso urgente y violento pero ella no rechistó, tampoco cuando volvió a repetirlo estrechándola entre sus brazos.

—Algún día serás mía—volvió a repetir—pero hasta entonces deberías comportarte. Esto no es propio de una doncella de tu clase.

Y dejó ir una sonrisa burlona. Nayra le fulminó con la mirada y salió al balcón antes de que volviera a hechizarla. El cielo negro se le echó encima y el frío glacial golpeó sus huesos. Pero había prendido fuego a su contacto y aún notaba la calidez en su piel. Había dicho que algún día le pertenecería. Volvió a jadear. Ahora entendía que era eso precisamente lo que deseaba.

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