Viejas amistades

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Los amigos de la adolescencia son como una puerta a todo lo que guardaste cuando te convertiste en adulto. Y estar en su compañía entraña acordarte de que esa época estaba marcada por la locura. Una locura sana, de esas que lo único que buscan es huir de la responsabilidad.
Por eso los años pasan tan rápido, porque disfrutas e ignoras el sufrimiento. Solo cuando empiezas a picotear lo que es el amor te das cuenta de que todo es más jodido de lo que parece. Pero los primeros intentos—y las primeras caídas en picado—también nos hacen crecer.
Me acuerdo como si fuera ayer de lo mucho que reíamos. Como si la vida en sí fuera un propio chiste. Cualquier excusa nos valía para hacer de la situación algo cómico. Y aquel diario que utilizábamos para desahogarnos y explicar todas aquellas cosas que solo se pueden decir escribiendo. Porque cuando suenan a viva voz parecen demasiado reales. Parece que pueden hacer demasiado daño. La tinta y el papel siempre fueron buenas herramientas para amortiguar el dolor.

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Hoy, me lanzo

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Está bien, me lanzaré al vacío de una vez por todas. Sin pensar como amortiguar la caída antes de procurar el salto. Sin pronunciar las miles de excusas que inventé para la ocasión. Pero que sepas, que una vez en el aire ya no habrá marcha atrás. Que quizá el viento me golpee hacia otro lado y luego no sepa volver.

Aunque los caminos de vuelta se hicieron para los arrepentidos. Para los que buscan perdonarse a sí mismos, o que otro lo haga por ellos. Para los que una vez en su vida fueron valientes y se equivocaron de objetivo. Sin embargo, les queda el consuelo de haberse enfrentado al miedo y haberle vencido.

Me aferraré a la idea de que cada uno tiene su destino. Que soy algo más que este mar revuelto que me habita. Que puedo ser sonrisa tras los obstáculos superados. Que puedo ser felicidad pasajera en busca de ilusiones más grandes. Que puedo ser instante imperfecto, sin importarme que ese detalle ensucie mi nombre.

Me debo a la espera inconcluyente. Al mañana teñido de promesas. Al NO que aspira a convertirse en PUEDE. A la mirada del que sabe que lo intentas pero no es suficiente.

Me debo a las señales que me manda “ese alguien” cuando le exiges respuestas. Eso que ocurre cuando la impaciencia te carcome y todo a tu alrededor te recuerda a tu deseo. Como cuando te cabreas con el amor y cualquier muestra de cariño te asquea. Como cuando hablas de alguien y te lo encuentras al doblar la esquina. A lo que unos llaman casualidad, yo le llamo premeditación.

Por eso, hoy miré al vacío y supe que debía saltar ya o se me pasarían las ganas de hacerlo. Porque cuando creces pierdes la juventud pero también aquella dulce locura. La que te permite estrellarte sin temer volver a empezar. La que te lleva de la mano mientras te lanzas y por fin das ese último paso.

Al fin y al cabo, siempre se me dio mejor empezar de nuevo que arreglar lo que ya está roto. Todo un consuelo, si en el proceso mis piezas insustituibles no resultan afectadas…No, hoy me lanzo. Aunque la chica que hay detrás del espejo me mire con gesto de incredulidad.

Me lanzo, y solo pronunciando esas dos palabras parece que ya saboreo mi victoria.

Grita

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No hay sensación más placentera que aquella que te permite deshacerte del dolor. Aunque solo sea unos instantes. Hay momentos en los que te sientes al borde del precipicio. Momentos en los que desearías cerrar los ojos y desaparecer. Gritar con fuerza que la vida pesa demasiado a veces, que quieres seguir andando pero las suelas de tus zapatos también se desgastan. Que tus sueños parecen convertirse en papel mojado, que el destino se confabula para quebrantar tus esperanzas.

Di no. Grita. Aunque te parezca absurdo. Aunque tu voz se rompa o se ahogue en medio de la nada. Grita para desgarrar la soledad que te aflige. Si con eso vas a sentirte diferente. Más tú, sin ataduras. Agota tus fuerzas rebelándote contra un mundo que se empeña a ser injusto.

No olvides tus miedos, van a seguir estando ahí. Y cuando menos los necesites saldrán para recordarte que eres débil.  Míralos a la cara y escupe tu rabia, ellos lo merecen. Y solo cuando los comprendas aprenderás a convivir con ellos.

Grita con fuerza lo que piensas, lo que sientes. Que no te callen los que temen a la sinceridad porque sus verdades no se sostienen. Los que huyen del silencio para no escuchar su propia voz.

Grita cuando pierdas la partida. Y apuesta con más ganas la próxima vez. La vida es como un maldito casino: unos juegan y pierden, otros hacen trampas y acaban fuera, los hay que se emborrachan intentando tragarse las penas y solo los valientes arriesgan a doble o nada.

Pero grita también por las cosas buenas, que las alegrías compartidas saben mejor. Y aunque las compartas, éstas no restan, multiplican.

Grita para hacernos saber que sigues ahí. Que solo se siente pequeño el que quiere. Porque la grandeza consiste en sentirse a gusto consigo mismo. A caerse bien aunque a veces no nos entendamos.

Y piensa que un día mirarás atrás y te darás cuenta que lo que te hizo llorar acabó dándole un sentido a tu vida.

Pequeños detalles

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Estoy hecha de pequeños detalles, aquellos que llenan mi día a día y les concedo una insignificancia poco merecida. Los que se conforman con aparecer en mi rutina y me dibujan una sonrisa cuando las observo con atención.

La música que suena y mi silueta cantando en el espejo. Llenar los silencios con melodías que se mueven al ritmo de los latidos de mi corazón. Esas que erizan la piel y dejan un recuerdo que revive a cada golpe de guitarra.

Salir a correr, creer que me he quedado sin aliento y descubrir que aún quedan fuerzas para seguir avanzando. Que el dolor de los pulmones al respirar se anestesia con la emoción de haber llegado. Tener consciencia de que tal nimiedad es equiparable a la vida misma.

Desmontar la idea preconcebida de que todo tiene un final para convertirlo en un hecho imperecedero, de esos que te permiten soñar infinitamente todas las noches y mantener la esperanza intacta. Es uno de mis pasatiempos favoritos, construir castillos en el aire y jugar a que (no) se me desmonten.

Recordar lo que ya está olvidado, darle vida de nuevo y comprobar que hay emociones que mueren, que un día estaban y me abandonaron y que lo que duele no es el pasado, sino la facilidad con la que fue enterrado.

Llorar, de alegría o tristeza no importa. Me gusta la calma que precede a la tormenta. La sensación de haberse vaciado y haberse quedado seco. Ese gusto salado, ese escozor de ojos y esa risa tonta cuando me doy cuenta de que he llorado por nada.

Y reír y que el sonido de mi felicidad se entremezcle con la tuya y sea inmensamente más grande de lo que parecía. Que los años no desvanecen amores. Crecen hasta tal punto que se desparraman por todos los poros de la piel.

Fingir que no me importas y comerme las uñas a mordiscos cuando te vas y no sé si vas a volver. Quizá sea estúpido, pero en el fondo sé que me desespero por quererte y te quiero más de lo que me gustaría realmente.

Estoy hecha de detalles que hablan de mí sin que se les pregunte, que evidencian lo que soy, que gritan en mi nombre todo lo que a veces me empeño en esconder.

¿Por qué solo somos una pequeña parte de lo que deberíamos ser?

Al punto de partida

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Otra vez yo.
Tú abres el buzón sin ninguna emoción aparente. Supongo que ya es una costumbre. Ya forma parte de lo cotidiano y dejó de importarte.
No me preguntes porque te escribo. Es el corazón quién mueve las palabras. Quién las empuja hacia afuera para que no arañen mis adentros. Quizá tenga la vana esperanza de deshacerme de ellas si las entrego a quién pertenecen.
No. Siempre vuelven. Temo que algún día ocupen demasiado espacio. Que solo sean pasado y no haya sitio para el futuro. Que tenga que reciclar recuerdos para seguir viviendo.
Aún te recuerdo. Mientras tú olvidas, yo invento la manera de recuperarte. Quizá si lo intentas…
Será volver atrás, al punto de partida.
A curar las heridas abiertas, a soplar en ellas para que no escuezan tanto.
Soy experta en coleccionar momentos irrepetibles, en reanimar las ganas cuando ya están muertas.
Mira, primero para ese reloj. Que su «tic-tac» incesante no maldiga el final de nuestros encuentros.
Que el tiempo sea un simple acompañante, no un cómplice de nuestros miedos.
Luego vuelve. Aunque no sepas cómo. Vuelve.
Aunque tengas que inventar el camino y recorrerlo más despacio otra vez.
Yo te esperaré aquí, deshojando margaritas. Como aquella niña a la que un día le robaste el alma.
Que el tren solo pasa una vez, pero si pasa dos es porque no lleguemos a nuestro destino.