El caballero de la muerte

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Cometió errores que jamás pudieron enmendarse, se convirtió en un caballero andante, con su espada enfundada en mentiras y cubierta de sangre de malhechores, pendencieros y traidores. Pasó de luchar por honor y servidumbre a su señor, a matar por una bolsa de monedas. Pronto lo conocieron como el caballero de la muerte, aquellos que debían dinero o esperaban alguna revancha de parte de sus enemigos, se escondían ante su llegada. La cicatriz que le cruzaba la cara y los ojos azules que le propiciaban una profunda mirada, lo envolvían de más misterio. Su atractivo no se había visto truncado por la mala reputación y eran muchos los que aseguraban que hacía uso de su fachada para engatusar a las más jóvenes y robarles la inocencia. Y destruía la potestad de las autoridades tornándose invisible, como un espectro entre las sombras.

La leyenda de Allen Grey no tardó en generar cierta polémica entre las gentes. Nadie conocía su pasado, pero las historias más descabelladas corrían de boca en boca provistas de una alta dosis de imaginación. El segundo hijo de un señor, decían, que mató a su hermano para heredar todas las posesiones. Un ser vil y cruel, que violaba a las mujeres y luego las mataba sin piedad. Tales acusaciones llegaron a oídos de la nobleza más acomodada, pero lejos de ser rechazado, lo utilizaron para sus propios intereses. Su riqueza escaló posiciones rápidamente, y aquel sucio e inmoral oficio le llevó a servir al rey. Aunque al tratarse de personalidades distinguidas, sus hábitos cambiaron, y su espada quedó relegada a un segundo plano para usar métodos menos escandalosos. Como el veneno, un arma cobarde, pero más segura y eficaz.

Sus servicios eran bien recompensados y agradecidos, aunque nunca gozó del aprecio de sus clientes, y nadie deseaba estar en su compañía. Hubiera sido fácil mantenerse envuelto en la neblina que cubría su persona, no le tenía miedo a la soledad, tampoco a la muerte, al fin y al cabo, siempre la llevaba encima. Sin embargo, un suceso enturbió la tétrica rutina: su próxima víctima.

Leonor solo tenía catorce años, era la sobrina de un noble con deseos de grandeza, pero sus aspiraciones empezaron a tambalearse cuando ésta descubrió la relación incestuosa con su hermana mayor. En circunstancias normales hubieran bastado un par de amenazas, pero Leonor no se amedrantaba fácilmente, era astuta, valiente y su belleza era capaz de paralizar a un hombre. Él mismo se vio en entredicho cuando la tuvo delante.

Una noche de Luna llena la encontró en sus aposentos sentada plácidamente en el alféizar de la ventana, con su cara rebosante de bondad. Tenía la tez clara y los ojos verdes, y su larga cabellera dorada le caía por encima de los hombros.

    —El caballero de la muerte…—dijo sin mirarlo—habéis tardado mucho en venir.
    —¿Acaso me esperabais?
    —Así es. Conocía las intenciones de mi tío mucho antes que vos. Desde entonces, os espero cada noche junto a la ventana.

Su voz melodiosa rezumaba dulzura y en contra de todo pronóstico no había indicios que le indicaran que iba a intentar huir. Estaba acostumbrado a oír las súplicas de la gente, a forcejear antes de robarles su último aliento, a luchar encarnizadamente si se trataba de un hombre fornido. Pero Leonor solo se limitaba a conversar con él.

    —¿Os gusta contemplar el cielo?—le preguntó tras varios segundos en silencio.

Allen no contestó.

    —¿Qué os gusta hacer?—e inmediatamente después de lanzar su pregunta sonrió, como si se hubiera dado cuenta de su ironía.—Vamos Allen, me niego a creer que matar sea una de tus aficiones.

Él la miró sorprendido.

    —¿Cómo sabes mi nombre?
    —Sé todo lo que puede saberse sobre ti. Eres una persona huidiza y reservada—contestó a modo de réplica—A decir verdad…te envidio.
    —¿A mí?
    —Si fuera como tú…hubiera podido escapar lejos y quizá ahora mi tío estaría muerto.
    —Cargar con una muerte no es agradable—contestó con voz taciturna.

Y sin quererlo los recuerdos viajaron a través del tiempo, a aquel día que por primera vez la sangre humana corrió entre sus dedos. Habían sido amigos desde la infancia, habían compartido sus peleas en el patio de armas, primero con espadas de madera, luego con espadas de verdad, cuando aún eran más grandes que ellos mismos. Pero el amor irrumpió en sus vidas y quiso que se enamoraran de la misma mujer. Cuando los vio juntos no pudo soportarlo, cogió su pequeña daga y se la clavó en el cuello. Desde ese día se convirtió en un proscrito.

    —¿Por qué? ¿Te da miedo el infierno?—preguntó Leonor devolviéndolo a la realidad.
    —Ya no—y sus labios esbozaron una ligera sonrisa.
    —A mi tampoco. Ni la muerte, así que si vas a matarme hazlo ya.

Allen observó a la niña que se alzaba desafiante ante sus ojos. Mantuvo la mirada hasta que encontró un signo de perturbación en ella. No era tan fuerte como aparentaba. Sus manos habían empezado a temblar y su respiración se aceleraba por momentos.

    —Eres tan bella…y tan joven—se lamentó.
    —Tienes escrúpulos—afirmó sorprendida.
    —Algo más que eso. Tengo corazón, y tú no vas a morir hoy.

Se acercó a ella y rozó su mejilla con los labios, notó el sabor salado de una lágrima. Y más tarde, la calidez de su boca en la suya.

    —Nos perseguirán—dijo ella en un susurro.
    —Qué importa, siempre lo han hecho.

La columna de humo sobresalía ligeramente entre encinas y robles, proveniente de una pequeña casa de piedra que quedaba camuflada entre el frondoso bosque. Cerca, el río fluía con su cabal a punto de desbordarse a causa de la tormenta del día anterior. Ahora tras la calma de un día soleado, la Luna brillaba en el cielo acompañado de un manto estrellado. La noche era especialmente silenciosa, tan solo quedaba enturbiada de vez en cuando por el eco de unas risas que se perdían entre las montañas.

    —Allen, fíjate en esa Luna, ¿no te recuerda a algo?

Leonor se levantó de la cama sujetándose la barriga con delicadeza. Ya le abultaba demasiado como para ponerse en pie con la agilidad de siempre. Allen la siguió hasta la ventana a través de la pequeña estancia. Cuando estuvo a su altura, la rodeó por la cintura con cariño.

    —Es preciosa—dijo Leonor mirando al cielo.
    —Sí, lo es—contestó mirándola a ella con adoración.

Lejos de agradecerle el cumplido, resopló indignada ante su falta de atención.

    —Allen, el día en que nos conocimos, ¿no lo recuerdas?

Nunca lo olvidaría. Después de aquello dejó de ser el caballero de la muerte.

    —El día en que empecé a abrazar a la vida—dijo sonriendo.
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2 comentarios en “El caballero de la muerte

  1. Una bella historia de amor muy bien contada. Se me antoja un cuento con final feliz, pero sin príncipe ni princesa sino el de una redención del mal gracias al amor. Me ha gustado mucho porque, además, mantienes el interés a lo largo de toda la narración.
    Un abrazo.

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