Querida inspiración

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Querida inspiración:

Sé que juegas al escondite conmigo. Sé que te presentas en el momento menos oportuno y cuando no tengo un boli cerca, que te confabulas con mi memoria para que olvide la mitad de las buenas ideas que me brindas, y que en esos días en que me tiro al sofá con el portátil en la mano, dispuesta a olvidarme del mundo y concentrarme solo en ti no te dignas a aparecer. ¿Qué te he hecho? Dime, ¿Cómo demonios podemos llegar a un acuerdo? Me da que te divierte hacer de mi meta una tarea del todo dificultosa, pero déjame decirte que aunque tenga que buscarte hasta debajo de las piedras te encontraré, si deseas despertarme en mitad de la noche poco me importará. Quiero seguir escribiendo, quiero seguir sintiéndome libre, leer mis textos y ni tan solo reconocerme, porque cuando escribo no soy yo, me convierto en algo más profundo, más auténtico. Traspaso los umbrales de la realidad, desaparezco por unos instantes del mundo. Escribir es la medicina de todo inconformista.

Así que vete buscando nuevas técnicas para huir de mí, porque esta vez la que te lo va a poner difícil SOY YO.

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La mente soñadora

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Parecía hecha de retales. De recuerdos consumidos, de últimos suspiros, de alientos forzados que hinchaban su pecho. Parecía dueña de las sombras que un día picaron a su puerta para quedarse. Allí estaba esperando impaciente, a que la muerte se la llevara, observando cada recoveco de la estancia por si aparecía de la nada. No era en esos momentos cuando la admiraba, la fuerza que la había caracterizado la abandonaba cada vez más a diario y su voz era triste y melancólica, una canción desafinada, un agónico y constante adiós. Pero él volvía—si más no, para que se sintiera arropada—y cuando la lucidez retornaba para encontrarla disfrutaba del pasado, a sabiendas que no era suyo pero que resultaba del todo interesante. Esas historias de amores inventados, de guerras que nunca sucedieron, de familias enfrentadas, del tesoro que jamás revelaría su escondite. Había sido una mente que nunca se cansó de imaginar, y ese carácter tan versátil que su querida abuela había engendrado le sirvió de argumento para muchos de sus libros. Siempre pensó que eran el complemento del otro, puesto que ella no sabía escribir, y él sacaba maravillas de sus curiosas invenciones. Cierta ocasión le había preguntado el porqué a aquel afán de huir de la realidad. «En la época que me tocó crecer a veces era más placentero soñar que vivir», fue su respuesta. Desde entonces envidió la fortaleza y la sonrisa que iluminaban su rostro todos los días. Y la curiosa satisfacción que obtenía de sus cavilaciones, la búsqueda insaciable de una realidad paralela que se ajustara más a los parámetros de lo que para ella era la felicidad. Era un libro en movimiento que nunca se deterioró con el peso de la vejez.

Y solo al final de su camino se permitió derramar una lágrima, mientras le hacía prometer que seguiría soñando por ella, que seguiría siendo libre a pesar de todo.

Carta a mi pequeño compañero

Bienvenido a mi mundo pequeño compañero. Aunque debería decir, gracias por dejarme entrar en el tuyo. He tardado tres semanas en poder dedicarte unas palabras, tres semanas eternas en qué me he dado cuenta que no eres tan simple como pensaba, y en qué tú has hecho las mil y una para hacerte entender. Ahora creo que los estúpidos somos los humanos. El lenguaje oral fue una gran evolución pero por el camino se nos perdió algo muy importante: los gestos. Esos que lo dicen todo, porque salen del corazón. Las palabras pueden ser traicioneras, pero los gestos que los acompañan siempre están teñidas de verdad.

Eso es algo que tú me has enseñado, a callar. A observar el mundo con ojos nuevos, como los tuyos. Me doy cuenta que todo lo cotidiano para ti es algo increíble, una aventura, y eso llena mi vida de magia. He empezado a valorar las cosas que creía insignificantes; una hoja que se mueve por el viento es todo un placer, la perseguimos juntos, corremos felices con el sol deslumbrándonos en la cara, prestamos atención al ruido de las calles: un coche al pasar, un carrito, un patinete, una persiana que sube. ¿Dónde estaba todo esto antes? Nos cruzamos con personas que ya conocía pero que ni siquiera miraba a la cara y ahora nos saludamos, hablamos. Porque estás conmigo, así de simple.

Y ahora que nos entendemos, déjame decirte que quiero aprender más, que lo de ayer no fue bastante. Quiero ser cómo tú. Ser feliz porque estoy al lado de la persona que amo, porque huelo mi chuche favorita, porque me saludan y me dedican una sonrisa, porque el mundo es enorme y ¡quiero conocer tanto!

Imagínate Rufus, si acabas de llegar y me aportas esta vitalidad no puedo esperar a saber que nos deparará el mañana.