Amor platónico

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Nunca se lo dije. Nunca estuve a altura de semejante pretensión—quizá ese fuera el motivo, si es que hubiera uno razonable—aún así, en mi escrupuloso silencio lo amé. Lo amé desde el alma, como se ama a alguien que transformado en idolatría casi no parece humano, y convirtiéndolo en una platónica posibilidad me escudé en mis sueños para vivir en una realidad paralela. Fue eso lo que me mantuvo alejada del mundo, lo que me hizo vivir de fantasías que me hacían feliz y ridiculizaban mi comportamiento. Olvidé que lo realmente bello son los defectos en equilibrio con las virtudes, formando así, un perfecto revoltijo que se convierte en la pócima idónea para aquel que desee tomarla.

Y lo comprendí años después, cuando hube olvidado ese capricho adolescente, cuando me reía leyendo el victimismo reflejado en un diario repleto de fracasos amorosos. El amor viene cuando estamos preparados.

Es entonces en ese momento, cuando el alma está en paz y decidimos ponernos en manos del destino; aparece de repente. Y ya no nos abandona.

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