Feliz Navidad

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Es frustrante aceptar que la Navidad pierde sentido cuando nos hacemos mayores. De repente, comprendemos que todo aquel ritual consistente en alimentar a un tronco y esperar que la noche del día 24 nos cague regalos es completamente absurdo. O que un pobre anciano con sobrepeso baje por la chimenea, qué más da, las dos situaciones son igual de improbables cuando descubres la verdad, te vas adentrando en el mundo real y con mucha pesadumbre relacionas el consumismo aberrante a las tradiciones impuestas por la sociedad.
Creo que es en estos momentos cuando odio haber crecido, cuando echo de menos la inocencia de un niño, la ilusión y la magia que envuelve estas fechas.

A pesar de ello, una parte de mí aún se siente emocionada cuando después de pasar todo el año inmersa en tu propia vida te rindes a la imperiosa necesidad de rodearte de la familia, das y esperas recibir regalos, te sientas a la mesa rodeada de la comida típica y te ríes con los que quizá no compartes afinidad. Sí, creo que la Navidad, aún habiendo perdido parte de encanto es capaz de dibujarnos sonrisas y llenarnos de bondad.

Feliz Navidad.

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El tiempo

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El tiempo es dueño de cada momento que nos acontece. Cuando disfrutamos de un instante irrepetible, él se encarga de hacerlo avanzar a toda velocidad, sin piedad, dejándonos esa sensación de melancolía una vez ha finalizado. Por el contrario, en la espera disminuye el ritmo de las manillas del reloj, como si éstas se hicieran cómplices de nuestra impaciencia.

Todo en esta vida es esperar. Esperamos conscientes de que el tiempo se encargará de dejar las cosas en su lugar, dándole las riendas de nuestra vida a algo tan abstracto como la suerte, sí es que existe o es otra artimaña para darnos un poco de sosiego. Cuántas veces nos habremos lamentado por no saber elegir el camino correcto, y habremos deseado en nuestro oscuro silencio poder chantajear al destino para que nos brindara la posibilidad de conocer nuestra meta final. Entonces sería más fácil, podríamos reprimir esa continua sensación de vértigo, mirar al miedo y reírnos en su cara. El sabor amargo de la derrota no nos provocaría indigestión, porque ya estaríamos prevenidos.

Pero la realidad es otra bien distinta. Esperamos en fila, como mansos terneros, a ver qué carta nos da el azar. Y sí el mundo gira, se despierta y se acuesta tal como está convenido, nosotros no podemos hacer nada por impedirlo. Solo nos queda seguir por el mismo sendero, aguardando un atajo, un salvoconducto que nos ayude al menos a ponerle una sonrisa al camino.

Crónica de una muerte anunciada

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Lo confieso: no empecé a leer libros clásicos hasta hace dos años. Supongo que hay un libro para cada etapa de nuestra vida, y en mi caso, me llegó la hora de repasar a todos aquellos autores que siempre se mencionan en las listas de “lecturas imprescindibles”.
Aunque cada vez que pienso lo mucho que he tardado en coger un libro de Gabriel García Márquez me doy de cabezazos contra la pared. He aprendido muchísimo de él y no sólo eso, podría catalogarlo como el autor número uno para buscar inspiración.

Uno de sus rasgos más característico en sus obras es la costumbre de retroceder y avanzar en la trama, sin reglas, pero eso sí, con una precisión digna de un maestro, puesto que con esa práctica corres el riesgo de desvelar el final de la historia y cargarte el efecto sorpresa. Eso es lo que más me fascina, es capaz de enseñarte trazos del futuro al que quiere llegar pero te mantiene enganchado desde la primera palabra hasta la última.

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Amor platónico

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Nunca se lo dije. Nunca estuve a altura de semejante pretensión—quizá ese fuera el motivo, si es que hubiera uno razonable—aún así, en mi escrupuloso silencio lo amé. Lo amé desde el alma, como se ama a alguien que transformado en idolatría casi no parece humano, y convirtiéndolo en una platónica posibilidad me escudé en mis sueños para vivir en una realidad paralela. Fue eso lo que me mantuvo alejada del mundo, lo que me hizo vivir de fantasías que me hacían feliz y ridiculizaban mi comportamiento. Olvidé que lo realmente bello son los defectos en equilibrio con las virtudes, formando así, un perfecto revoltijo que se convierte en la pócima idónea para aquel que desee tomarla.

Y lo comprendí años después, cuando hube olvidado ese capricho adolescente, cuando me reía leyendo el victimismo reflejado en un diario repleto de fracasos amorosos. El amor viene cuando estamos preparados.

Es entonces en ese momento, cuando el alma está en paz y decidimos ponernos en manos del destino; aparece de repente. Y ya no nos abandona.