La vuelta

Y volvió creyendo que el pasado le recordaría, que las personas con las que compartió todo, esperarían intactas en el tiempo. Con el mismo rostro mortecino y decepcionado que el día que lo vieron partir.

Cuando se marchó pareció romperse el mundo, cachitos inverosímiles como la vida que había llevado hasta ese preciso momento. No pensó—ni creyó posible tampoco—que podrían volver a juntarse una vez suplida su ausencia. Lo más cruel de la vida era darse cuenta que uno no era imprescindible para nadie, en aquella rueda inagotable que giraba sin descanso, atropellándonos, arrastrándonos aunque no estuviéramos preparados.

No habría alma alguna que se parara a pensar quien era ese que transitaba las calles desiertas en busca de recuerdos que ya no estaban. Como tampoco se tomarían la molestia de mirar hacia atrás para ver al niño que jugaba con ellos en las tardes de sol. Simplemente mirarían su reloj, maldiciendo al tiempo por girar tan deprisa, volverían a esclavizarse a él con sus quehaceres y desearían la noche en silencio para soñar despiertos aquello que no podían.

Salvo ella. Ella en su lucha constante con la pena y la inquietud. Ella estática entre las paredes de aquella casa, anclada al pretérito desasosiego, a aquel viejo conocido que era el miedo, por no saber qué sucedería una vez la distancia pusiera fin a su labor de madre. Ella sería la única que le abriría la puerta, que velaría sus noches y soñaría ansiosa su vuelta. Y con lágrimas en los ojos lo abrazaría feliz—olvidando al instante el sufrimiento— y le diría «por fin vuelves a casa hijo, por fin.»

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