El precio del poder

No esperaba menos de ella. Se sentó en una de las sillas que rodeaban la mesa, se cruzó de piernas y le dio una fuerte calada a su cigarrillo. Odiaba verla fumar y soltar el humo con aquella mirada de superioridad clavada en los ojos. Detestaba la cantidad de veces que la veía acabar y sacar otro de la cajetilla color blanco con la palabra muerte grabada en el frontal, ¿acaso esa palabra no le provocaba suficiente rechazo? Pero era una mujer dura que no se amedrantaba fácilmente. En eso y en todo lo que le concernía o que sabía que podría perjudicarlo. La terrible ceguera lo había abandonado y ahora la conocía realmente. Su abogado puso los papeles en la mesa y les indicó que los leyeran. Todo. Ese era el precio del final del romance que había empezado hacía cinco años. Lo perdería todo, aunque sabía que luchando solo sería la mitad, pero para él los sentimientos siempre habían prevalecido por encima del dinero, así que podía decir que su vida había acabado el mismo día en que decidió decirle adiós.

Recordaba aquella noche de verano, con el puerto iluminado y los destellos de la Luna reflejados en el mar en calma, la brisa marina, el olor a salitre y sus tacones repiqueteando en el muelle de madera. Los mechones de su pelo rubio iban y venían libremente y cuando la miró a los ojos y su sonrisa le invitó a acercarse, supo que solo la necesitaba a ella para ser feliz. La rapidez de los sucesos dejó estupefactos a sus más allegados, pero si el amor irrumpe todo lo demás no importa. Una casa nueva, muebles de última moda, un coche de última gama para que pudiera moverse a su antojo, fiestas sin fin, reuniones sociales con las altas esferas…Ahora que hacía balance del tiempo pasado lo comprendía. El dinero y el poder era lo que la mantenían a su lado.

    —Tranquilo, no va a conseguirlo—le dijo su abogado cuando salieron de la reunión.
    —¿Cuánto puede durar esto?
    —Bueno Roberto, ya lo sabes…depende de si podemos negociar o si es necesario ir a juicio. Tómatelo con calma.

Le dio una palmadita en la espalda y se alejó con paso rápido. Mientras lo veía cruzar la carretera y subir en su Mercedes se preguntó cuándo sería el día que el aura de superficialidad que envolvía su mundo dejaría de hacerle la vida imposible.

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